La crónica menor: ¡Padre Nuestro!

Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo

 

El único valor absoluto al que hay que supeditar todo es la revolución. La vida no vale nada, por ello, se persigue, calumnia, tortura y hasta se mata en nombre de la revolución, y todo queda bendecido por el régimen. Se investiga el Caracazo pero no se mueve ni un dedo para aclarar y condenar los muchos abusos y muertes que tienen por autores a los que detentan el poder. La fama del que disiente, los bienes materiales o espirituales de personas e instituciones sólo valen si están al servicio de la revolución, de lo contrario recibirá la burla, el escarnio, la condena y la exclusión. El que haya que hacer colas para todo, intentar controlar cada vez más a la población para que dependa en todo de las migajas que el gobierno quiera dar, es un dogma intocable. Ejemplos sobran a lo largo de quince años en los que el cambio más doloroso que se ha estado intentando es modificar la escala de valores morales y espirituales de la sociedad venezolana.

La verdad no importa. Si se miente para apoyar la revolución, bienvenida sea la mentira o las medias verdades. Todos los males son producto y consecuencia de los demás. Los únicos corruptos y aprovechados a costillas de los más pobres son los capitalistas o imperialistas, saco de gatos, en el que se mete a todo aquel que no grite viva la revolución.

El respeto de los valores religiosos, sean cristianos o de cualquier otro credo, ha sido una constante a lo largo de siglos, así los dirigentes de turno no profesaran credo alguno o llevaran una vida pública o privada ajena o distante a los preceptos religiosos. Sin embargo, la manipulación y apropiación de lo religioso, fundamentalmente cristiano y/o católico, ha estado presente en este gobierno desde sus inicios. Se invoca a Dios, se citan pasajes de la biblia o del Papa para corroborar que no hay nada más grande que el socialismo del siglo XXI. Jesucristo fue, según ellos, el primer socialista y anticapitalista. Se citan pasajes evangélicos o se retratan con el Papa o con jerarcas religiosos de otras latitudes pero no se recibe, más aún, se denigra permanentemente de los obispos y sacerdotes del país.

Aquí no existen programas sociales sino “misiones”, usurpando una palabra con hondo sentido espiritual. Y los nombres de varias de estas misiones tienen denominaciones que nos elevan al cielo para hacernos pensar lo bueno que son nuestros gobernantes. ¿Podrá entonces parecernos raro que en medio de la profunda crisis que vive el país, los más altos representantes del gobierno se presten a una pantomima, irreverencia y burla, bajo el velo de una reflexión espiritual, parafraseando de forma grosera la oración que reza más de un tercio de la humanidad?

Nuestro Padre Dios es misericordioso y está siempre dispuesto al perdón. El Papa Francisco nos habla de la paciencia que debe acompañar a todo creyente para que se pueda construir un mundo más fraterno y humano. Pero, hay de aquellos que escandalizan a los más pequeños y débiles, más vale les cuelguen una piedra de molino al cuello, para que no sigan haciendo tanto mal. Este abuso del Padre Nuestro es moralmente inaceptable.

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Comunicado de la Arquidiócesis de Mérida ante el llamado a la Conferencia de Paz

En descargables, traemos para ustedes el comunicado público de la Arquidiócesis de Mérida ante el llamado del Gobierno Regional a la Conferencia de Paz. Para conocerlo haz click en Comunicado 6-3-14

In memoriam: Reinaldo Leandro Mora

Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo

 

Confieso que apenas recibí la noticia de la muerte del Dr. Reinaldo Leandro Mora, sentí el vacío que deja un ser querido y admirado. Mi primera reacción fue elevar una oración por su eterno descanso. Con él muerte uno de esos hombres que enaltecen la profesión y el oficio de la política, porque hicieron de ella un apostolado que humaniza. Fue en vida un servidor público, desprendido y generoso, jovial y amigo, que supo hacer el bien que la mano derecha supiera lo que hacía la izquierda.

Tuve la dicha de conocer a Leandro Mora siendo yo muy joven, estudiante de la Universidad Pontificia de Salamanca, y él, flamante embajador de Venezuela ante la Santa Sede. En aquellos años eran muchos los venezolanos que estudiaban en Europa, incluidos los que nos preparábamos para el sacerdocio. Tomó para sí la obligación de visitar al menos dos veces al año los colegios mayores eclesiásticos europeos, en Roma el Pío Latino, a los que se sumaban el de Lovaina en Bélgica, y los de Madrid y Salamanca en España.

Nos conocía por el nombre y se preocupaba por la salud y necesidades de cada uno, cuando el único contacto familiar se realizaba por cartas que iban y venían. Para nosotros su visita era una fiesta porque sin protocolos ni publicidad, gozábamos de su bonhomía y buen humor, nos invitaba a comer y a pasear, sin nada a cambio. Con una discreción poco común en muchos políticos nos brindaba alguna ayuda monetaria sin que los otros compañeros se enteraran.

Años más tarde, en los distintos cargos políticos que ejerció, se preocupó por las obras de la Iglesia y mantuvo con los obispos de entonces excelentes relaciones, siempre con pulcritud y a la sombra. Varias de estas anécdotas las compartí años más tarde, cuando su hijo Reinaldo, ocupó la misma misión que su padre ante la Santa Sede.

Valdría la pena que se escribiera una biografía de su vida, salpicada mejor por los testimonios de quienes lo conocieron y trataron, para que las generaciones actuales conozcan que sí ha habido políticos probos y desprendidos, sin más ambición que la de servir al pueblo venezolano. A la familia Leandro Rodríguez, en particular a Reinaldo, la expresión de mi admiración hacia su progenitor, porque la mejor herencia que recibieron de Reinaldo e Inés, fueron las virtudes ciudadanas y cristianas que siempre profesaron. Paz a sus restos y que goce del premio que merecen los justos.

La crónica menor: A los altares

Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo

 

Una de las cosas que más cuesta a los humanos es reconocer, a la primera, lo bueno de los demás. Ya lo decía hace siglos, creo que el Crisóstomo, que es más fácil compadecerse con el que sufre que alegrarse con el que triunfa. Esa especie de complejo acompaña a nuestra cultura. Todo el que llega a ejercer un poder, comienza por criticar al anterior y a afirmar que ahora sí se asoma la verdad y el bien. Mal compañera esta conseja pues nos lleva a pensar que el pasado hay que cubrirlo con el manto de la vergüenza y mejor es olvidarlo. Por eso no se progresa, sino que siempre se está comenzando de cero.

Juan Pablo II invitó con insistencia a que pusiéramos de relieve y diéramos a conocer los testigos de la fe de nuestro tiempo. Es una manera de “tocar” la virtud y el bien que abunda más que el pesimismo de mostrar únicamente lo malo que hay a nuestro alrededor. Pues bien, he recibido desde varias instancias, la solicitud de dar a conocer las virtudes de Mons. Miguel Antonio Salas. Últimamente estuvo de visita en Venezuela el Superior General de los Padres Eudistas manifestándome que aunque no había conocido a Mons. Salas, era tanto lo que había oído sobre él, que me encarecía me encargara del asunto.

En la asamblea episcopal de enero 2013, cumpliendo las formalidades canónicas, se aprobó por unanimidad el que se hiciera la solicitud a Roma para iniciar el proceso de beatificación. Hemos enviado a la Congregación para la Causa de los Santos el pliego correspondiente. El 24 de marzo se cumplen 70 años de la ordenación sacerdotal del P. Salas. Coincide este año con el Domingo de Ramos, buena fecha para que quienes lo conocieron, en el Táchira, Caracas, el Guárico y Mérida recojan su testimonio y oren para que el buen propósito que nos anima llegue a buen fin.

Sí hay testigos de la fe, de carne y hueso, cercanos a nosotros en el tiempo y el espacio, de quienes podemos aprender muchos. Mons. Salas es uno de ellos. Oremos y encomendemos esta causa para edificación de todos.

La crónica menor: Los primeros obispados republicanos

Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo

Los primeros obispados republicanos en Venezuela fueron los de Barquisimeto y Calabozo. Se unían a los tres de la colonia: Caracas, Mérida y Guayana. Su nacimiento fue lento y difícil. Al espíritu patronatista de los gobiernos se unían las divergencias, a veces, profundas con los arzobispos caraqueños, la inestabilidad política que no permitía un diálogo continuo por los cambios de gobernantes y la lentitud de la correspondencia con Roma que debía ir primero al Delegado Apostólico en Bogotá o Santo Domingo ante de tener respuesta oficial.

En 1846, el Congreso elaboró un proyecto para la creación de un nuevo obispado con capital en Barquisimeto, desprendiéndole territorios a Caracas y Mérida. Elevaron la consulta al Arzobispo Ignacio Fernández Peña éste sorprendió a propios y extraños con su contrapropuesta. Lo más conducente, escribe, era pensar en varios obispados, uno en occidente y otro en el centro con Calabozo como capital.

Finalmente, el Congreso aprobó en su sesión del 4 de mayo de 1847, la creación de dos nuevas diócesis: Barquisimeto y Calabozo asumiendo casi en su totalidad las observaciones del metropolitano caraqueño. Al poco tiempo el Presidente José Tadeo Monagas envía letras al Papa Pío IX exponiéndole el proyecto y pidiéndole su aprobación. La Sagrada Congregación Consistorial, en 1848, expidió tres Breves en los que solicita al Arzobispo Fernández Peña, proceda, a incoar el proceso canónico que lleva a la aprobación pontifica definitiva de la solicitud presidencial.

Los asuntos políticos generales se enturbiaron con el trágico 24 de enero de 1848, día aciago para el parlamento venezolano, calificado como el “asesinato del Congreso”. Las relaciones Iglesia-Estado corrieron igual suerte con el polémico gobierno del General José Tadeo Monagas. Las acaloradas discusiones del Ministro Antonio Leocadio Guzmán con el Arzobispo Fernández Peña, llevaron a este último a la tumba.

El tiempo corría inexorablemente en contra del proyecto de las dos nuevas diócesis. En 1851, asume la Presidencia de la República José Gregorio Monagas, lo que le daba continuidad a la política relativa a los asuntos eclesiásticos. Pero estando vacante la sede de Caracas, el Vaticano consideró prudente esperar.

En 1853, el nuevo Arzobispo Silvestre Guevara y Lira suministró información favorable y la Santa Sede preparaba las bulas correspondientes. Sólo faltaba cubrir los costos de 3000 escudos para la remisión de los documentos pontificios pero el gobierno no lo hizo. Vendrán después los gobiernos del convulsionado período de la Guerra Federal.

Como señal de benevolencia hacia Venezuela el Papa Pío IX firmó las bulas de erección de las sedes de Barquisimeto y Calabozo, el 7 de marzo de 1863. Es la fecha que conmemoramos hoy a 150 años de distancia. Habrá que esperar hasta 1868 y 1881 para que Barquisimeto y Calabozo, respectivamente, tuvieran su primer obispo.

El cónclave

Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo

 

A partir del 28 de febrero a las ocho de la noche, hora de Roma, queda vacante el papado. En esta ocasión, con la particularidad inusitada de la renuncia voluntaria de Benedicto XVI. Se pone en marcha lo previsto por la Constitución Apostólica de Juan Pablo II con las modificaciones que el Papa saliente ha hecho con un motu proprio titulado “algunas normas” publicado hace pocos días.

Lo primero, se refiere a la mayoría necesaria para ser electo papa, que pasa de la mitad más uno de los votos a los dos tercios. Se busca así un mayor consenso y unanimidad, lo cual puede incidir en el alargamiento del cónclave si no existe un claro candidato en las preferencias de los cardenales electores.

Estaba previsto que el cónclave comenzara entre 15 a 20 días desde que se produce la vacante. Se precisa ahora que los cardenales pueden decidir adelantarlo o posponerlo en caso de graves acontecimientos, si todos los electores están presentes en Roma. Para evitar confusiones en el conteo de los dos tercios si el número de cardenales es una cifra no divisible por tres, se piden al menos dos tercios de los sufragios de los electores presentes y votantes.

El secreto, que obliga bajo juramento estaba sujeto a la pena que impusiera el nuevo papa a quien lo infringiera. Ahora tiene una pena automática (= en latín, latae sententiae), la excomunión. También es novedad que un cardenal se puede autoexcluir de participar en el cónclave y una vez que lo manifieste queda fuera del cónclave. Distinto es, si no entra al cónclave por enfermedad. Si se siente mejor, puede ingresar aunque no haya estado desde el comienzo.

Cónclave es un vocablo latino que significa lugar cerrado con llave. En la forma como se practica hoy, se remonta a la elección de Honorio III (1216), cuando los vecinos de Perugia encerraron a los cardenales para que eligieran pronto al nuevo pontífice romano. Desde la elección de Pío X (1904) ningún cardenal puede ser portador de un veto propuesto por alguna autoridad civil. Una vez elegido y previa aceptación, el nuevo Papa obtiene plena autoridad y jurisdicción sobre la Iglesia universal. Luego sale al balcón en la Plaza de San Pedro para su primera aparición pública, anunciada por la fumata blanca que congrega a miles de personas en los alrededores del Vaticano.

Anécdota: el Cardenal Jorge Urosa, Arzobispo de Caracas, será el segundo venezolano que participe en un cónclave. El primero fue José Humberto Quintero, quien fue elector de Pablo VI (1963), Juan Pablo I (1978) y Juan Pablo II (1978). Contaba él que en el saludo inicial a Juan Pablo I se cayó hacia atrás con la suerte de que el cardenal que lo sostuvo fue Karol Wojtyla, quien dos meses más tarde, como Papa, lo ayudó a levantarse para que no sufriera ningún percance.

Oremos para que tengamos un nuevo Sumo Pontífice a la altura de los tiempos y fiel servidor de la vocación y ministerio que recibe para bien de toda la humanidad.

La crónica menor: Maquiavelo

Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo

 

En el imaginario colectivo tiene mal predicamento la palabra maquiavélico. Es la doctrina política que pone en primer lugar la preeminencia de la razón de Estado sobre cualquier otra de carácter moral. De allí, que haga referencia a la astucia y al engaño, válidos para conseguir el objetivo político. Pues bien, sus obras principales, El Príncipe y los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, salieron a la luz pública en 1513. Es decir, hace quinientos años, este agudo pensador y estadista, sienta las bases del absolutismo moderno, superando la doctrina medieval del constitucionalismo feudal y las ciudades-estado libres.

Bien vale la pena releer estas obras a la luz del tiempo. Nicolás Maquiavelo escribe en el siglo XVI, buscando dar respuesta adecuada a la naciente modernidad, teniendo como telón de fondo la Italia dividida en varios reinos. Era una sociedad intelectualmente brillante y artísticamente creadora, más emancipada que cualquiera otra de Europa, y presa sin embargo, de la peor corrupción política y la más baja degradación moral. Maquiavelo es el teórico político del hombre si amo, de una sociedad en la que el individuo se encuentra solo, sin más motivos ni intereses que los proporcionados por su propio egoísmo.

Para ejercer el poder y mantenerlo, Maquiavelo postula la indiferencia en el uso de medios inmorales para fines políticos y la creencia en que el gobierno se base en gran parte en la fuerza y la astucia. Por supuesto, para él, la política es un fin en sí misma. Describe la mecánica del gobierno, los medios con los que se puede fortalecer el estado, las políticas susceptibles para para aumentar su poder y los errores que llevan a su decadencia o ruina. Por ello, no extraña que Napoleón tuviera a Maquiavelo como libro de cabecera y le pusiera glosas a sus máximas.

Aconseja a los príncipes que deben ser amados y temidos simultáneamente y aclara que es preferible ser temido que amado. El pueblo puede que se olvide del amor, pero el temor siempre lo perseguirá. En consecuencia, si un soberano es temido hay menos posibilidades de que sea destronado. Para evitar ser odiado el príncipe nunca debe interferir con los bienes de sus súbditos ni con sus esposas, ya que argumenta que un subordinado olvida más rápido la muerte de su padre que la pérdida de sus riquezas.

En los tiempos que corren los gobiernos de corte totalitario siguen al pie de la letra sus enseñanzas, olvidando que en la modernidad, la división y autonomía de poderes, es la balanza para evitar el abuso del poder. Sin estos contrapesos es imposible que exista la equidad así los cantos de sirena de amor a los pobres sea el anzuelo para atraer a las masas.