Las temibles captahuellas

Enrique Ochoa Antich

 

Se trata de otro de esos temas susceptibles de ser manipulados por falacias y medias verdades. Al final, no son pocos los que se sienten impactados por los mitos y leyendas cultivados y difundidos acerca de las temibles (“temibles”, deberíamos decir) captahuellas: es decir, el Sistema de Identificación Biométrica (SAI). Y la verdad es que lo único que harán en realidad es impedir, o al menos restringir severamente, la eventualidad de que un mismo elector vote varias veces o de que algún inescrupuloso vote por él, que son algunas de las especies más difundidas por los profetas del fraude imposible. Así que quisiera reproducir y comentar algunas consideraciones hechas a este respecto por algunos expertos en la materia.

Revisemos cómo funciona el SAI. Y en particular examinemos el tema que más polémica y dudas causa: si al estar conectada a la máquina de votación, la captahuella registra o no la secuencia de modo que se pueda identificar luego el voto de cada quien vulnerando su secreto. La respuesta a esta inquietud es simple: no se identificará el voto de nadie porque las máquinas, es decir, su programa, harán lo mismo que han hecho siempre: almacenar los votos emitidos de forma aleatoria, registrar todos los votos como si hubiesen sido emitidos a la misma hora (así se impide la secuencia), encriptar esta información y luego, al cerrar la votación, contabilizar los votos, imprimir el acta y luego transmitir los resultados. Este programa se certifica por todos los ingenieros informáticos del más alto nivel del CNE, de su aliado tecnológico, de la alianza que gira alrededor del PSUV y de la Mesa de la Unidad Democrática. Esta certificación se bloquea con una cerradura digital que sólo puede ser abierta cuando lo indique el protocolo de seguridad mediante la participación conjunta de todas las partes que deben colocar sus respectivas contraseñas secretas.

Lo mismo se hace con el Sistema de Identificación Biométrica del elector. Este procedimiento se verifica en diferentes fases, incluyendo durante la auditoría de predespacho, cuando los ingenieros de los partidos hacen bajar al azar de los vehículos de transporte máquinas que ya estaban siendo despachada,s para certificar que lo que se está despachando es lo mismo programado, certificado y auditado previamente.

Hay que subrayar que la huella del elector no desbloquea la máquina sino que sólo autoriza al presidente de la mesa para que sea éste quien lo haga, una vez que el elector ya se encuentra frente a la boleta y listo para votar.

El secreto del voto está, pues, protegido. Nunca se ha sabido por quién vota nadie. Y nunca se sabrá. Como hemos establecido ya antes en esta columna, todo el sistema electoral ­las máquinas de votación, el Registro Electoral y también el SAI­ ha sido auditado en diferentes instancias y momentos. Se auditó el software (programa de instrucciones), protegido a través de una clave alfanumérica secreta en cuya confección participan no sólo el CNE y la empresa Smartmatic sino los partidos favorables al gobierno y los que hacen oposición; se auditó la base de datos de las huellas; se auditó el proceso de producción de las máquinas y su despacho; se auditaron los medios de transmisión; se auditaron los cuadernos de votación; y hasta la tinta indeleble fue adecuadamente auditada. Así que… todos a votar con entusiasmo y seguridad de futuro.

El Registro: Mito, leyenda y realidad

Enrique Ochoa Antich

 

Uno de los principales mitos que en la conciencia de muchos provoca dudas en torno al sistema electoral venezolano, promovido con empeño por los profetas del fraude mítico, es el de la presunta existencia de errores y vicios que comprometerían la confiabilidad del Registro Electoral. Veamos algunas de las inquietudes más difundidas sobre este tema.

Sostienen los inefables adivinos de la trampa afantasmada que tenemos más votantes que habitantes adultos. Y en la mente de algunas personas persiste la falsa idea de que un número de electores de poco más de 19 millones es una exageración, dado que somos “un país joven”.

Según el mito, tenemos una población infantil y de adolescentes muy grande, y una población de adultos comparativamente pequeña. En consecuencia, los mayores de dieciocho años no pueden llegar a ese número que estaría entonces abultado por algún hado siniestro encargado de fraguar la trampa fatal y escamotearles el triunfo.

La realidad es otra. Para el año 2012 existen en Venezuela casi 20 millones de personas ceduladas mayores de 18 años.

La dinámica demográfica trae como consecuencia una serie de transformaciones en la estructura por edad de la población y esto a su vez incide directamente en los habilitados para inscribirse en el Registro Electoral. Este proceso puede evidenciarse en los cambios de las pirámides poblacionales. Así, en 1961 la base de la pirámide era muy amplia mientras que la parte superior era muy delgada. Ello significa que la mayor parte de la población se concentraba en edades jóvenes. Ésta es precisamente la impresión que ha quedado sellada en el inconsciente colectivo. “Venezuela es un país joven”, dicen muchos, sin revisar los números. La realidad indica por el contrario que el país es literalmente otro en esta materia y que en el futuro continuará la tendencia a un progresivo envejecimiento de nuestra población.

Los cambios en la fecundidad y en la mortalidad han traído como consecuencia que actualmente el país cuente con un 29% de habitantes por debajo de los 15 años, sólo un 6% sobre los 65 años, y un grueso muy importante de ¡65%! en edad laboral.

Las proyecciones de población indican que hacia el año 2040 la pirámide tiende a “rectangularizarse”, es decir, la proporción de personas en edad de trabajar sigue su crecimiento, pero además, producto de la inercia demográfica, los adultos mayores comenzarán a tener mayor importancia poblacional, mientras que los jóvenes, a causa del continuo descenso de la fecundidad, cada vez pesarán menos en el conjunto de la población total.

Estos son los números reales y no los míticos que, apoyándose en falsas verdades decantadas en la mente de muchos, promueven los profetas del fraude que no es. Volveremos sobre el tema.

Más sobre las máquinas

La semana pasada describimos la principal de todas las auditorías de las máquinas de votación, la del software, la del programa, protegido por una clave de seguridad alfanumérica construida en conjunto por el CNE, la empresa Smartmatic, el partido de gobierno, y los de la oposición, y cuya sola existencia demostraría que la tesis del fraude, la peregrina especie según la cual nada más y nada menos que ¡6 millones! de votos se inocularían subrepticiamente en ellas, es sólo un mito, una alucinación. Y enunciamos otras auditorías (de las ¡16! que en total se le hacen a todo el proceso comicial). Detengámonos un poco en ellas.

Está primero la auditoría de producción de las máquinas. Los representantes de las organizaciones con fines políticos, conjuntamente con los técnicos del CNE, verifican que las máquinas de votación se estén produciendo con los códigos certificados en la fase anterior. Es decir, que cada máquina tenga la identidad correcta y las funciones que fueron aprobadas en la auditoría del software.

De seguidas tenemos la auditoría pre-despacho.

Antes de enviar las máquinas a cada centro de votación del país, las organizaciones con fines políticos revisan nuevamente una muestra aleatoria del 1 por ciento de las máquinas. Las máquinas a auditar se escogen al azar y comienza la revisión con un simulacro de votación donde se comprueba que efectivamente están sumando y totalizando correctamente.

Por último, la auditoría de infraestructura. Para comprobar el ensamblaje de las máquinas, se le presenta a las organizaciones con fines políticos la plataforma tecnológica y la estructura de las mismas. Para ello, se desarma una máquina en presencia de los actores políticos a fin de observar sus componentes y asegurarse de que todos son necesarios para la elección y que no hay ningún elemento secundario que ejecute otras acciones que no estén acordes con el proceso electoral.

Pero la peregrina tesis del fraude que se perpetraría a través de estas “enigmáticas” máquinas de votación, en la que aún insisten algunos sectores de la oposición más radical (contra ella misma, dicho sea de paso), tiene un desmentido político antes que técnico: ¿no ha participado la oposición, y ganado, en numerosos procesos electorales con estas máquinas (y con este Registro Electoral)? Es algo que deberían explicar los tozudos que insisten en ella: ¿cómo fue que la oposición ganó en Petare, o en el Distrito Metropolitano de Caracas, o en Táchira, o recientemente en Anzoátegui, o recuperó Maracaibo, por sólo mencionar algunos espacios emblemáticos y sensibles para cualquier fuerza política, si es que el gobierno está en capacidad de trocar los resultados sacando los que quisiera de estas máquinas, como el conejo del sombrero del prestidigitador? Un poco de seriedad es la principal condición para el éxito de un proyecto político.

Mercosur (II)

Enrique Ochoa Antich

 

Abunda por allí el argumento según el cual Venezuela no se encuentra preparada para competir adecuadamente con sus productos con las economías del Mercosur. De allí se deduce, en lo que a mi modo de ver es una falacia, que esa integración es inconveniente y que no debería tener lugar.

Si vemos bien el razonamiento aludido, se trata de un círculo vicioso que no nos lleva a ninguna parte: no estamos en condiciones de competir en Mercosur porque no tenemos una economía exportadora y a la vez no tenemos una economía exportadora porque no nos insertamos en los mercados internacionales, y así ad infinitum. Cuando más bien debería tratarse de sustituir este círculo vicioso conceptual por el círculo virtuoso búsqueda de mercados internacionales/desarrollo de nuestras fuerzas productivas/conquista de mayores mercados/mayor desarrollo de nuestras fuerzas productivas/etc. Nadie aprende a nadar si no se mete en la piscina.

Si es verdad que debe ser vista con cuidado la debilidad de nuestro aparato productivo debido a excesivas medidas estatistas y de control, la alternativa no puede ser excluirnos de los procesos de integración sino aprovecharlos para enderezar lo torcido. Lo contrario sería como matar al paciente para acabar con su enfermedad.

Acaso el mayor error de política económica de nuestro siglo XX venezolano y latinoamericano, en particular instrumentado en las décadas de los 60 y los 70, fue el llamado plan de sustitución de importaciones de inspiración cepalista. Encadenamos nuestra economía hacia adentro, es decir, hacia el mercado interno, pequeño en su dimensión, que por esta razón fue copado rápidamente por pocas unidades de producción, lo que naturalmente impidió el desarrollo impetuoso de nuestras fuerzas productivas (excepción hecha del petróleo, justamente volcado a los mercados internacionales). En ese mismo tiempo, algunos países del Tercer Mundo como Corea del Sur hicieron exactamente lo contrario: se convirtieron en países exportadores no produciendo lo que el mercado interno les demandaba sino lo que estaban en ventaja comparativa de vender a otros países. Y es lo que en las últimas dos décadas han hecho países como Chile y Brasil, colocándose así a las puertas del desarrollo. Desde que en los 80 tuve en mis manos aquel libro del IESA titulado Venezuela: una ilusión de armonía, en particular los trabajos de Naím y Piñango allí publicados, me quedó claro y así lo escribí y publiqué en artículos, documentos y libros, que si no volvíamos la vista como nación más allá de nuestras fronteras, sería imposible desarrollar nuestras fuerzas productivas, sin lo cual no habría ni capitalismo ni socialismo sino sólo pre-capitalismo y subdesarrollo.

Es por esta razón que, en lo personal, observo con entusiasmo (moderado, tal vez, pero entusiasmo) que Venezuela se incorpore a Mercosur, con los ritmos del caso, protegiendo lo que deba ser protegido (según hacen EEUU y Europa). Como siempre, todo depende de que las cosas se hagan bien, claro. Pero si así se hacen, será una nueva oportunidad para la profundización de los desarrollos democráticos y económicos que Venezuela requiere.

El Mercosur, Enrique Ochoa Antich

Enrique Ochoa Antich

 

La tesis sobre la cual fundamentamos lo que aquí vamos a escribir es que en general asuntos relacionados con la integración latinoamericana y en particular la incorporación de Venezuela al Mercosur deben ser excluidos del debate político subalterno, propiamente electoral, partidista. Debatirlo, sí, como es natural y propio de toda democracia, pero con la actitud forjadora de consensos que tánto la nación requiere, acuerdos que pongan el interés nacional por encima de las parcialidades. E integrarnos, claro está, sin sesgos ideológicos desfasados en el tiempo que afectan la naturaleza propiamente nacional de un proyecto que para ser exitoso debe involucrarnos a todos, sin distingos políticos ni sociales, y que niegan lo esencial de una unión de naciones que, además de política, es ante todo práctica, incluso pragmática: esto es, comercial, económica. A ver.

Lo primero es, como siempre, lo político. Toda integración, por comercial y económica que sea (como en particular es ésta del Mercosur), supone de suyo y propicia un intercambio inevitable de valores, de principios, de reglas institucionales. El Sistema Interamericano, en su Carta, declara que la democracia misma es un derecho humano de los pueblos (y no estoy seguro que, en estos mismos taxativos términos conceptuales, lo haga otro instrumento semejante en el mundo). Los países del Mercosur son países en los que funciona una vigorosa aunque relativamente reciente institucionalidad democrática así que la inserción de Venezuela allí contribuye, o debería contribuir, a ratificar nuestra vocación democrática como nación. Eso es bueno. Y ojalá sirva para que sean revisadas algunas acciones contradictorias con ese compromiso democrático, como la salida de Venezuela de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Los países del Mercosur, cuya memoria histórica de largas y oscuras dictaduras militares hace que valoren adecuadamente el inmenso aporte que el Sistema Interamericano de Derechos Humanos significa para nuestros pueblos, podrían actuar para influir en este sentido. En particular si destacamos la condición de centro-izquierda, socialista democrática, social-demócrata, como se quiera ver, de sus gobiernos y de los partidos que los forman (muy especialmente, son los casos de Brasil y de Uruguay).

Luego lo económico. Y aquí el argumento según el cual Venezuela no se encuentra preparada para competir adecuadamente con sus productos, en términos de intercambio exportación/importación, con las economías del Mercosur. Pero ése es un tema que abordaremos la próxima semana.

Primarias, Pablo, Presidente

Enrique Ochoa Antich

 

Lo primero es ratificar nuestro indubitable compromiso unitario. Quienes votaremos el 12, militantes del cambio democrático, el 13 tendremos un solo candidato presidencial, no importa que lo sea quien no contó con nuestro respaldo hasta ese día. Es lo hermoso y noble de este proceso. Si nuestro propósito es reunificar al país todo, y reencontrarnos en la diversidad con esa porción de pueblo que está del lado del candidato del gobierno; si estamos íntimamente convencidos de que sólo así, unidos todos, como lo hicimos para darnos la independencia y luego la democracia, podremos ganarnos el derecho que tenemos al desarrollo con libertad y con justicia social, entonces debemos asegurar esta unidad previa a la unidad nacional: la unidad de la oposición democrática.

Pero las primarias son, naturalmente, para contrastar opiniones, sin desmeritar, claro, las de quienes no estén de acuerdo con nosotros. Es el ejemplo que hemos dado, que estamos dando al país y al mundo. Es la lección que propinamos al autócrata, al déspota violento e intolerante. Es el paradigma que han encarnado con inmensa dignidad y mucha altura los precandidatos que concurren al evento electoral del próximo domingo.

De modo que cada quien tiene sus razones para decidir su voto en las primarias. Creo no equivocarme si digo que en última instancia, lo que la oposición busca es a quien pueda colocarse en mejores condiciones frente al adversario formidable que es Chávez, pertrechado del partidoEstado petrolero y carente de todo escrúpulo y, reconozcámoslo, apoderado de un discurso de reivindicación social que apela a los más recónditos instintos de la condición humana, en particular de los más pobres. Es tarea nuestra y de más nadie conjurar el peligro de elegir el 12 sólo a quien más nos guste, a quien más se parezca entonces al activismo opositor, perdiendo la perspectiva de escoger más bien a quien ponga la pelota más lejos en el campo del chavismo, a quien pueda entenderse mejor con ese 10 ó 15 % de chavistas desencantados con la deplorable gestión del gobierno y con el patológico reeleccionismo del autócrata pero que miran aún con desconfianza hacia la oposición.

Por eso la tarea consiste en desmontar la ecuación polarizante chavista: conservación y cambio, imperialistas y patriotas, izquierdas y derechas, y, básicamente, ricos y pobres. Esta última: la polarización clasista, la contradicción social, es el fundamento de toda la ecuación chavista. Ya lo dijo el famoso Manifiesto: patricios y plebeyos, señores feudales y siervos, burgueses y proletarios. Es la razón principal ­además de sus atributos como gerente­ por la que respaldamos a Pablo Pérez: porque dificulta más, obstruye mejor la eficacia de esa ecuación de ricos y pobres, oligarcas y pueblo con la que Chávez y los suyos pretenden eternizarse en el poder. No sólo por su talante popular sino por su pensamiento y discurso emparentado existencialmente con la democracia social. Porque encarna el cambio popular, Pablo Pérez es el que puede ganarle mejor a Chávez.

Pablo entonces, ése al que muchos llaman Pablo Pueblo, para que ganemos el 7 de octubre y para que el 8 tengamos Presidente. (Fuente: Diario Tal Cual)

Las paradojas chavianas

Enrique Ochoa Antich

 

Este fenómeno político y social de curiosa y peculiar factura histórica, engendro forjado en las cavernas del subconsciente social venezolano, que ha elevado el cinismo a categoría de política de Estado (Rafael Venegasdixit), construye su discurso sobre paradojas insalvables, como sabemos. Se llena la boca con cierta retórica de amor y paz pero destila odio y resentimiento hacia quienes disienten de él. 

Condena a los golpistas del 12A pero encomia como héroes de la patria a los del 4F. Postula los ideales de justicia social y en verdad algo hace por los más pobres, pero su proceder en materia de política económica dinamita desde abajo el desarrollo de las fuerzas productivas condenándonos como nación al atraso y a ser pobres a perpetuidad. Repulsa con toda razón el 27F pero justifica la masacre del tirano de Siria contra sus ciudadanos (ya diez o más veces el “Caracazo”). 

No queremos ahondar en esta contradictoria arquitectura condenada por serlo a derrumbarse con o sin estrépito más temprano que tarde. Sólo destacar dos de las más curiosas, aunque sea a beneficio de inventario y tal vez por mera ociosidad: 

1. El chavismo denosta de la Constitución del 61, la más consensual (mucho más que la del 99) y estable de todas nuestras constituciones (que no han sido pocas), rubricada también por comunistas e izquierdistas de toda laya, y no es de dudar que requería de hondas reformas que la clase políticade los 80 y 90 demoró en demasía, pero, ¿no fue precisamente gracias a la Constitución del 61 que el tiranuelo se encumbró en el poder?, ¿no fueron las reglas de juego democráticas en ella consagradas las que le permitieron competir por la Presidencia y hacerse de ella para mancillarla luego? Gracias por los favores recibidos. 

2. Impugna el chavismo al demoníaco capitalismo imperial, en concreto al de los Estados Unidos deNorteamérica, pero he aquí que es a él, a su crecimiento y no precisamente a su crisis, a su expansión y no a su mítica liquidación histórica, a los que debe nuestra autocracia chavista de inspiración fascista y comunista la abundancia de recursos, los petrodólares que a manos llenas ha recibido la república y sin los cuales su perdurabilidad y hondura no habría sido siquiera imaginable. Y si se dijera que todo ello ha sido a causa de una política petrolera encaminada en la Opep a resguardar y a propiciar el incremento en los precios del barril, laeterna gratitud del tirano y de sus acólitos habría de ser para con Rómulo Betancourt, vilipendiado siempre por ellos, creador del la organización más que el propio Juan Pablo Pérez Alfonso, como éste gustaba admitir y subrayar. 

¡Qué de paradojas en este afantasmado y surrealista universo chaviano! Contradicción en sus términos que sólo tiene un destino: desaparecer en la ruda y fatal veracidad de la historia.