¿Cómo leer los cambios en el gabinete de Nicolás Maduro? Margarita López Maya responde

1. ¿Cómo ve los anuncios y cambios comunicados por el presidente Nicolás Maduro?
Coincido con algunos analistas en ver los cambios anunciados el martes 2 más como un reajuste de los equilibrios de poder a lo interno del chavismo que como una respuesta a la crisis económica. Para el oficialismo, la economía nunca es una prioridad ni es una variable de la que hay que ocuparse, independientemente de la política. Si bien los anuncios reconocen dificultades económicas y sociales, atienden principalmente a la dimensión política del ejercicio del poder.
En esa lógica, los anuncios revelan a Nicolás Maduro reajustando los equilibrios de poder entre lo que yo llamo “las tribus políticas” y los militares chavistas que hoy nos gobiernan. Desde que ganara con escaso margen las elecciones de abril de 2013, Maduro ha tenido que demostrar constantemente sí puede ser el jefe del chavismo sin Chávez. Porque eso, pese al dedito de Chávez, no estuvo claro por los resultados tan escuálidos que obtuvo.
A un año y medio de esas elecciones, con varias crisis políticas en su haber (siendo la más seria la del ciclo de protestas febrero-mayo de este año) Maduro parece hoy ser, dentro del chavismo, más fuerte y legítimo. La mayoría chavista lo reconoce como el jefe, según encuestas confiables.
Los reajustes que hizo la noche del martes 2 refuerzan esa percepción. Si es capaz de remover a Rafael Ramírez de PDVSA, del Ministerio de Energía y Petróleo y de la Vicepresidencia de la Economía, es porque tiene ascendencia sobre las otras tribus políticas que nos gobiernan. Principalmente la de los Chávez y los Cabello, además de la suya propia: Maduro-Flores. Incluso sobre otros grupos que por ahora parecieran girar en torno a él: los hermanos Rodríguez, Varela, Jaua…
Sin embargo, Maduro todavía no puede remover a Ramírez del poder: va a la Cancillería, que sin duda es un cargo importante y con poder, sí. Pero ya no maneja la chequera de Venezuela.
También los enroques y algunos ascensos muestran cómo las principales tribus políticas y los militares chavistas se siguen repartiendo el poder entre ellos. Seguimos gobernados por un puñado de personas que se consideran con derecho a estar en el poder por ser los “herederos” del líder carismático. Ellos colocan en puestos de gobierno a familiares y amigos, sin importar sus cualidades, pues ahora es más importante la lealtad que la racionalidad. Los vínculos de sangre y personales se supone que garantizan lealtad. En este tipo de ejercicio del poder, característico de sociedades con instituciones democráticas disminuidas y colonizadas, el nepotismo y la corrupción vienen juntos. Y, apoyándolos decisivamente, están los militares chavistas (centauros) y otros que medran de los buenos negocios del Petroestado.
El Estado-gobierno-partido que, como aparato político, se está construyendo en Venezuela, si bien tiene una retórica “socialista” en realidad es, recordando a Max Weber, un sistema de dominación de tipo tradicional-patrimonial. Pero estamos en el siglo XXI y no en la Edad Media, ni en el absolutismo español ni en los tiempos de los califatos de África y Asia, que precisamente fueron los ejemplos que inspiraron a Weber para su formulación de este tipo de sistema de dominación. Por ello hoy se viene usando un concepto actualizado, acuñado en la segunda mitad del siglo XX, para referirse a regímenes africanos y asiáticos que salieron de procesos coloniales: el concepto de dominación neopatrimonial.
En un sistema de dominación neopatrimonial el poder se ejerce sin diferenciar lo público de lo privado, por el derecho que otorgan las costumbres o los lazos con un líder extraordinario (divino o semidivino), que en nuestro caso es Hugo Chávez.
Tuvimos regímenes patrimoniales en el siglo XIX y hasta los años de Juan Vicente Gómez. Pero, a diferencia del pasado, lo patrimonial hoy combina esos rasgos con otros elementos “modernos” como elecciones y leyes, aunque sin que descanse en estos últimos sus principales fuentes de legitimidad.
Esto explica la permanente inversión de recursos públicos en el surrealista proceso de diosificación de Chávez. Los regímenes patrimoniales, como las monarquías absolutas y los califatos, o las iglesias y los regímenes derivados de revoluciones como la mexicana, sacralizan a fundadores o gestas heroicas y elaboran mitos, que les permiten rutinizar el carisma del que se fue para permanecer en el poder.
Claro: la diosificación y los mitos no bastan. Hay que crear clientelas, pues este tipo de régimen también se sustenta en las relaciones personales y no en la lógica impersonal de los Estados modernos.
Es el rol de misiones y comunas. En algunos espacios del gobierno, en particular en el económico, este régimen tendría que construir alguna racionalidad de eficiencia para producir bienes materiales que permitan reforzar la legitimidad originaria derivada del carismático. El otro recurso al que siempre apelan es a la mayor militarización y represión.
El socialismo del siglo XXI, que sigue avanzando, no es un régimen democrático ni moderno. En todo caso es posmoderno y en él no existe la igualdad política. Los hijos de Chávez y los chavistas son más iguales que quienes los adversamos.
Marchamos sin prisa ni pausa hacia un régimen de dominación personalista y no a una dirección colectiva que algunos pudieron, incluso yo, pensar que sucedería, dada la debilidad política individual de quienes constituyeron el entorno de Chávez. En esto parece haber imperado la lógica de los Castro y el modelo cubano. Maduro se esfuerza y parece ir logrando el reconocimiento como jefe. Pero sigue necesitando el apoyo de las otras tribus: los Chávez, Cabello, Ramírez, militares y otros menos relevantes o visibles. Los anuncios recientes revelan que Maduro tiene cierta ascendencia para moverlos dentro de la cúpula del poder, pero no para sacarlos. Este desarrollo pareciera ir construyendo un ejemplo nítido de un sistema de dominación neopatrimonialista en la América Latina del siglo XXI.
En los anuncios hay algunos cambios interesantes, además del de Ramírez. La salida de García Plaza, por ejemplo, un militar que el años pasado parecía tener ascendencia y poder, en esta movida baja de rango. Ahora emerge la estrella del general Marco Torres al frente de la economía y Rodríguez Torres permanece al frente de la seguridad e inteligencia, mostrándose que los militares siguen asegurando una importante cuota de poder.
Jaua nunca ha sido un dirigente con importante capital político propio. Lo mueven al Ministerio de las Comunas, que es más como para él, pero en un momento donde escasean los reales, también están limitando sus posibilidades reales de “éxito”. Las comunas y los consejos presidenciales anunciados forman parte de la obligada retórica socialista del Presidente, pero con las actuales limitaciones fiscales su provenir sigue pareciendo dudoso.
Algunos cargos también buscan proyectar que hay receptividad a los clamores de la calle y quizás comenzar a construir algunos espacios con alguna racionalidad administrativa. Los ministerios de Salud y Alimentación, sin duda. Pero también el de PDVSA. Este año la empresa ha venido mostrando señales preocupantes. La gallina de los huevos de oro ni aumenta su producción ni mejora el mantenimiento de sus refinerías. Además, está endeudada hasta el cogote con el Banco Central de Venezuela y, para colmo, comprando gasolina, ¡y pensando también en comprar crudo para diluir petróleo pesado!
¿Y los anuncios de buscarle compradores a Citgo paravenderla y así cancelar pagos de deudas que se avecinan? Todo esto de alguna manera ha producido alarma y está detrás de la salida de Ramírez y la entrada de un Chávez en el ministerio (uno de la tribu, porque el negocio debe quedar a buen resguardo). Pero al menos este Chávez tiene carrera en la empresa. Mientras que Del Pino, también con carrera en la compañía, asciende como Presidente de PDVSA.
La separación de los dos cargos también apunta a tratar de darle alguna racionalidad más eficiente a la extracción del recurso petrolero, diferenciando la lógica del Gobierno del de la empresa.
2. ¿Estos anuncios inciden de alguna manera en posibles soluciones a la crisis? ¿Cómo?
Para el gobierno, la solución a las crisis es consolidarse en el poder. Los cambios puntuales en Salud y Alimentación y el más significativo, el de PDVSA, puede que quieran indicar que se harán esfuerzos (o parecer que se hacen) para remontar desabastecimientos en áreas críticas y por enmendar lo que parece el excesivo desorden y las corruptelas en la producción de petróleo y otros bienes esenciales.
Al parecer, repiten el mismo guión que en más de una oportunidad escenificó Chávez.
Nada de los anuncios pareciera reflejar algo más que soluciones coyunturales y políticas destinadas a ir creando condiciones favorables al gobierno para ganar las elecciones parlamentarias de 2015.
Y si la gente responde a estos cantos de sirena, creyendo que algo se soluciona con estos pañitos calientes, pues seguiremos en lo mismo, caminando hacia el barranco.
Es importante comprender que, si bien la situación económica parece muy mala, los países (en especial los petroleros) pueden bajar el bienestar de su población, aumentando los índices de pobreza o desigualdad, sin que signifique que va a haber un cambio político. Ni eso ni que, si lo hubiera, se oriente hacia la democracia.
Si queremos salir de este neopatrimonialismo hacia una transición que nos lleve a una institucionalidad democrática, debemos esforzarnos todos por construirlo. Por ahora, el gobierno sigue ganando la competencia. Y por las escasas reacciones de sus dirigentes, organizaciones e intelectuales a disparates de la dimensión de la “oración del delegado”, en el chavismo no hay vocación democrática a la vista.
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