Lecciones del 23 de enero de 1958

Dr. José Mendoza Angulo
Estoy de acuerdo en sostener, y lo practico, que es de mal gusto referirse a hechos históricos mezclándolos con evocaciones personales que solo pueden interesar a quien las alude. Y seguramente puede resultar de peor gusto comenzar una disertación teniendo consciencia de ese pecado y no evitarlo. Como eso va a ocurrir ahora mismo y el pecador soy yo, ruego la benevolencia de ustedes para una breve explicación que  requiero aun cuando no logre el propósito de disculparme.
Cuando la semana pasada recibí telefónicamente la invitación para participar en este acto, en el papel que acaba de ser anunciado, confieso que no me costó nada aceptarla. No porque sea una de esas personas que andan detrás de un micrófono con un papel escrito en el bolsillo listo para decir hipócritamente que han sido sorprendidos en ocasiones como esta mientras que con la velocidad del rayo saltan a la tribuna para decir cualquier cosa que luego llaman discurso. No! Primero, porque yo tenía programado venir a El Vigía hoy a recibir a mi esposa que llega esta tarde de Caracas. Segundo, porque al momento de comunicárseme la invitación no pude evitar que se agolparan en mi memoria recuerdos y emociones difíciles de controlar. En efecto, hoy precisamente se cumplen 56 años de haber dado inicio a mi vida pública en el estado Mérida. Desde que en 1955, siendo un muchacho, llegué a la Universidad de Los Andes a proseguir los estudios de derecho que debí interrumpir en la Universidad Central de Venezuela, por una obligante iniciación familiar y por compromisos de conciencia contraídos cuando cursaba tercer año de bachillerato en el Liceo Daniel Florencio O’Leary de Barinas, me incorporé a la lucha política clandestina que libraban los partidos democráticos en Mérida contra la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez. En esa condición me correspondió ser el coordinador del comité universitario que organizó y ejecutó en la ciudad de Mérida las acciones de calle que en todo el país se llevaban a cabo contra el régimen militar y que en nuestra entidad tuvieron lugar el 22 de enero de 1958 en horas de la mañana. Por esta razón, al día siguiente, el 23 de enero de 1958 debí ser uno de los oradores que desde los balcones de una casa  ubicada frente a la Plaza Bolívar de Mérida, a las 5 de la madrugada, hicimos por primera vez de la palabra nuestra arma cívica y democrática para dirigirnos a la multitud que se reunió espontáneamente tan pronto se enteró la ciudadanía que el dictador había abandonado el país en la “Vaca Sagrada”, el avión  utilizado por Pérez Jiménez para trasladarse hasta la República Dominicana donde lo esperaba el sanguinario Rafael Leonidas Trujillo quien desgobernaba aquel país desde hacía 28 años. A partir de entonces participé en muchas conmemoraciones del 23 de enero pero, curiosamente, jamás me correspondió desempeñar el papel que hoy cumplo por la generosidad de amigos de esta tierra.
Como para una porción importante  de venezolanos, básicamente por razones de edad, el 23 de enero de 1958 aparece como una fecha perdida en la maraña de acontecimientos que forman la vida pasada del país, y como otra porción no menos importante vive hoy angustiada y sobrecogida por las perspectivas que le aguarda al destino de nuestra nación, me ha parecido útil, desde la perspectiva de quienes hoy nos encontramos empeñados en salvaguardar la democracia en Venezuela, recrear algunos de los hechos que rodearon el 23 de enero de hace 56 años y sacar de ellos enseñanzas que nos ayuden a fortalecer los espíritus y acerar la voluntad de todos en el proceso de construcción de  futuro que nos espera de ahora en adelante.
PRIMERA LECCIÓN
Treinta y nueve días antes del 23 de enero de 1958, para ser más exactos el 15 de diciembre de 1957, se había llevado a cabo en el país, como una novedad política y electoral, el plebiscito ideado por los operadores políticos de la dictadura para preguntarle a los venezolanos, en lugar de una elección presidencial, si estaban de acuerdo o no con que el dictador siguiera al frente del gobierno por otro período constitucional más, el que cubriría de 1959 a 1963. Por supuesto, con las mañas, trampas y abusos que suelen emplear los regímenes autoritarios para mantenerse en el poder, el Consejo  Electoral de la época anunció al país que la consulta había indicado que la mayoría de los votantes expresaba su voluntad de que Marcos Pérez Jiménez siguiera gobernando.
El gobierno lucía fuerte para ese momento a pesar de que en el último trimestre de 1957 se habían producido reacciones de protesta en la Universidad Central de Venezuela y se palpaba un  claro descontento social sobre todo en Caracas. Pero la verdad es que a muy pocos venezolanos, si es que hubo algunos, ni siquiera a los que teníamos alguna participación en los acontecimientos de entonces, se les ocurrió pensar que a pocas semanas de la realización del plebiscito el fin de la dictadura era inminente y que podía llegar tan pronto. Pues bien, 17 días después de la consulta plebiscitaria, el 1º de enero de 1958, una sublevación de la aviación y de otros sectores militares sorprendió al gobierno y al país pero fue controlada y a los 22 días de estos últimos hechos, ante contundentes manifestaciones de la sociedad civil aquel gobernante que parecía sólidamente instalado en Miraflores huía vergonzosamente del país dejando en sus apuros una maleta llena de dólares que en las carreras de última hora se quedó olvidada en el momento de abordar el avión.
Y aquí está la primera lección del recuento crítico de aquellos hechos. Los procesos político-sociales tienen mucho de misterio, de azar y de sorpresa. En este dominio, nadie puede lograr saber anticipadamente, con exactitud, cuándo se llena el recipiente de la paciencia de las colectividades, cuando están listos los ánimos colectivos para el cambio ni cuando el movimiento final de los cambios va a comenzar. Hay señales que los pueblos emiten, pueden aparecer signos a veces casi imperceptibles de la actividad humana que se dibujan en el horizonte y que solo las mentes más atentas, más lúcidas y mejor dotadas logran percibir. De un solo asunto hay certidumbre: las vanguardias que terminan comandando estos procesos requieren un mínimo de preparación, de organización y de imaginación para saber lo   que hay que hacer cuando llegue la ocasión. Eso fue lo que ocurrió el 23 de enero de 1958. Y como prueba una muestra. Al huir Pérez Jiménez se instaló en Caracas una Junta Militar presidida por el almirante Wolfgang Larrazábal Ugueto pero el pueblo de Caracas reaccionó inmediatamente contra dos de sus integrantes (los militares Roberto Casanova y Abel Romero Villate) que fueron substituidos por dos civiles Eugenio Mendoza y Blas Lamberti. La sociedad venezolana y su liderazgo tenían bastante claro lo que querían como gobierno de la República.
SEGUNDA LECCIÓN
Pero  los procesos sociales no son acontecimientos espontáneos sometidos a la misma inercia que gobierna a las fuerzas de la naturaleza. Es una inefable ingenuidad o una irresponsabilidad imperdonable creer que sentados cómodamente en nuestras casas, o que mientras paseamos y nos divertimos, o que incluso dedicándonos exclusivamente a nuestros trabajos, una mano invisible se encargará de hacer realidad nuestros sueños y de resolver nuestros problemas económicos, sociales o políticos. Las condiciones para los cambios hay que ayudarlas a preparar y en ese esfuerzo de preparación los seres humanos, los hombres y las mujeres que somos al fin y al cabo los protagonistas de nuestra propia vida en comunidad tenemos un importante papel que cumplir.
Hay situaciones objetivas que van preparando el caldo de cultivo para los cambios como las crisis económicas profundas, las inflaciones que no se pueden controlar, los déficits fiscales que no cesan de crecer, el endeudamiento público sin límites, las violaciones descaradas de la constitución del país y de las leyes, el desconocimiento de los derechos humanos, la represión ilegal de los adversarios, la violencia en las calles, los efectos letales del narcotráfico y sus tentáculos sobre las instituciones y los hombres, o la corrupción, para solo citar algunos de esos hechos. Pero siempre hará falta que en esos períodos de dificultades las fuerzas y sectores ubicados en el campo del progreso y de la democracia se decidan a realizar el examen de consciencia que las circunstancias imponen, a aceptar con humildad las críticas a sus actuaciones pasadas o actuales y tener el coraje para proponer y aceptar las enmiendas a las conductas personales y políticas que los tiempos imponen. El 23 de enero de 1958 fue posible, entre otros factores, cuando los partidos políticos aceptaron cambiar sus viejas conductas sectarias y aceptaron el acuerdo de respetar unas reglas de convivencia libremente convenidas para el porvenir.
TERCERA LECCION
Cuando en 1948, en el enjuego político venezolano la fuerza de las armas impuso el cambio de la democracia por la dictadura, a pesar de los logros políticos y sociales de los tres años precedentes el país estaba crispado por la confrontación política y el manejo desconsiderado de una mayoría electoral que se traducía en avasallamiento de los opositores. Al apenas dar muestras el nuevo gobierno militar de su filosofía y de sus modos de actuar dictatoriales mediante la ilegalización de los partidos políticos y de las organizaciones de los trabajadores, aparecieron brotes de resistencia temprana que cada organización partidista asumió como su tarea exclusiva, como si se tratara de acciones contra cada uno de ellos y no contra el país. Incluso, cuando en 1952, con motivo de la convocatoria hecha por el gobierno militar para reunir una Asamblea Constituyente y redactar una nueva constitución, se presentó la oportunidad para salir democráticamente de la dictadura, los partidos concurrieron separados al evento electoral y a pesar de que la ciudadanía militante se colocó por encima de la dirección partidista que había llamado a la abstención, la división de los partidos facilitó la consumación del fraude y la designación del teniente coronel Marcos Pérez Jiménez como presidente para el período constitucional 1953-1958. Sólo al término de este período constitucional las cuentas del costo humano de la dictadura en muertos, presos, exiliados y perseguidos ocultos y dispersados por el país y  apenas a meses  del 23 de enero, en 1957 se dio el paso unitario de agrupar a los partidos en lucha contra la dictadura en la llamada Junta Patriótica. Esta unidad luego se expresó en el acuerdo obrero patronal que estableció un receso y la regularización de la confrontación social, en el pacto político de Punto Fijo entre Acción Democrática, Copei y Unión Repúblicana Democática para darle un soporte sólido al gobierno que sería elegido, en la constitución de un gobierno unitario y en la sanción consensuada de la Constitución Nacional de más larga vigencia en el país, la de 1961.
Y esta es otra importante lección del 23 de enero de 1958 que no deberíamos desoír. La unidad potencia las posibilidades y mejora la capacidad de acción. La unidad supone sacrificios para quienes participan en ella pero solo quienes estén dispuestos a aceptarlos de grado contribuyen de verdad al propósito supremo de restablecer la democracia, la paz y la convivencia entre los componentes de la nación. Por ello, el empeño de mantener la unidad de las fuerzas democráticas por encima de los intereses personales o grupales recibirá, en su momento, el reconocimiento de la sociedad y de la historia. Si queremos participar en una obra grande, las pequeñeces y las mezquindades hay que dejarlas de lado.
CUARTA LECCIÓN
Hay, sin embargo, un asunto importante que estas evocaciones históricas no deben omitir. En el lenguaje del reconocido historiador venezolano Germán Carrera Damas, la ruptura del vínculo colonial con España de los territorios que hoy forman nuestro estado  permitió el establecimiento en Venezuela de lo que él llama la República Liberal Autocrática. Esta  república prevaleció en nuestra historia nacional, de la mano y bajo la impronta de caudillos y dictadores militares hasta hace apenas 67 años. Fue a raíz del movimiento cívico-militar del 18 de octubre de 1945  cuando se pudo establecer en el país, según el lenguaje del mismo historiador, la República Liberal Democrática. El hecho de haber aprobado la Junta Revolucionaria de entonces la elección de la Asamblea Constituyente convocada en 1946 mediante el voto universal de los venezolanos y de haber establecido que los ciudadanos, hombres y mujeres, mayores de 18 años, supieran o no leer y escribir pudieran votar, cambió radicalmente la vida política de Venezuela. La duración de esta primera experiencia democrática concebida bajo los términos de poner en manos del pueblo el destino político de Venezuela, a pesar de haber sido acompañada de un vasto programa de realizaciones sociales, fue apenas tres años.
Es que la durabilidad y permanencia de un gobierno democrático, en condiciones de normalidad, vale decir de una democracia plenamente establecida, no depende exclusivamente del respeto a la libertad. Por supuesto, una democracia debe ser el reino de la libertad y del respeto a los ciudadanos en todos los dominios de su actuación individual o colectiva, pero al mismo tiempo debe comportarse, tiene que comportarse, como el mejor sistema político para corregir las desigualdades sociales en favor de los que menos tienen. La dictadura de Pérez Jiménez pretendió que mediante una política de “concreto armado” como se dijo entonces era posible vivir sin libertad y sin derechos y que la colectividad lo aceptara. Grave equivocación. Para los venezolanos de hace medio siglo la democracia, así a secas, era su proyecto de país. La mayoría de los venezolanos, después de diez años, guardaba fresco el recuerdo de un nuevo sistema político en el que la ciudadanía tenía el protagonismo de la acción política. Cuando nosotros revisamos los indicadores de la participación electoral en los comicios de los veinte años posteriores a 1958 la constatación es evidente. En las elecciones del 7 de diciembre de 1958 la abstención fue de apenas un 8% y en las de 1973 fue del 3,48%.
Para los venezolanos de 1958 el proyecto de país estaba conformado, entre otros componentes, por el principalísimo elemento de volver a tener una democracia, vale decir, un sistema en el que elegir a un gobernante no dependiera de las manipulaciones de los organismos electorales o de la realización de plebiscitos mañosos. Y esta es otra de las lecciones  del 23 de enero de 1958. La sociedad se decide a cambiar el sistema político que tiene cuando puede contar con un proyecto de país diferente y que le dice más a la gente  que el que existe.
La historia de los pueblos no se repite, es un apotegma que insisten en reiterar los historiadores y otros entendidos. Sin embargo, todos están de acuerdo en reconocer que de la historia se aprende. Seguramente no habrá en Venezuela otro 23 de enero como el de hace 56 años pero, con toda certeza, la lucha entre la libertad y la opresión, la confrontación entre democracia y dictadura o autoritarismo, la propia dinámica de las democracias y las metamorfosis de las dictaduras nos obligarán insistentemente a mirar con frecuencia hacia atrás, críticamente, para enriquecer el arsenal de argumentos con los cuales los seres humanos construimos el progreso. Otro apotegma dice que quien no aprende de la historia está condenado a repetirla. Tener presente y releer las lecciones del 23 de enero de 1958 como de tantos otros pasajes de la historia nacional es un ejercicio que enriquece el espíritu tanto como las advertencias de quienes han tenido la suerte de vivir y superar experiencias y están dispuestos a referírnoslas sin ningún interés.
Distinguidos amigos: Incurriría en una mezquindad que no me perdonaría si antes de concluir la lectura de estos comentarios dejara de hacer dos menciones que me parecen obligantes. La primera, agradecer la distinción que el señor Alcalde y el Concejo Municipal del municipio Alberto Adriani han hecho recaer en mi persona al aceptar la sugerencia que un líder que le ha dedicado grandes empeños a esta tierra les hizo y que no menciono por su nombre porque no hace falta. Tengo años advirtiéndole al país, a los merideños y a los habitantes de estas planicies surlaguenses sobre las enormes potencialidades con que la naturaleza dotó al sur del Lago de Maracaibo y sobre el esfuerzo que los hombres y mujeres que lo pueblan han realizado para valorar su tierra. El Vigía es tal vez el mejor ejemplo. Han hecho de esta ciudad la capital de este emporio de riquezas que aún espera el momento en que todo el país se fije en él y lo aproveche creadoramente. La segunda, que el nuevo Alcalde y el nuevo Concejo Municipal se honran como demócratas al honrar con el recuerdo una fecha que constituye una referencia capital en la historia de la democracia venezolana.
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