La lección de egipto

Fernando Mires

 

Hay quienes piensan que los países políticamente organizados no tienen mucho que aprender de otros en donde las religiones ocupan el lugar de los partidos. No es mucho en verdad, pero es importante: Es tan poco y es tan importante que puede resumirse en una frase:“Nunca, pero nunca, hay que apoyar una iniciativa golpista. Venga de donde venga”.

¿Y si en un país fuerzas antidemocráticas se hacen del poder por medios legítimos pero alteran las instituciones y preparan el camino hacia una dictadura? La pregunta es siempre pertinente, pero hoy me limitaré a abordar el tema por el lado de la razón práctica la que, para alguien como Kant, es la base de toda razón moral.

Por sus frutos los conoceréis, dice el postulado religioso. Si es así, los resultados del golpe de Estado egipcio, a pocos días de su ejecución, no pueden ser más catastróficos.

Cuando los militares usurparon el poder, las fuerzas de Mursi estaban fragmentadas. El descontento era enorme, y la hegemonía de “los hermanos” se encontraba por los suelos. Incluso el partido islámico moderado NUR abandonó el gobierno. Pronto tendrían lugar elecciones generales, y si la oposición lograba unirse, la derrota de Mursi iba a ser total. El único problema era que la oposición no estaba en condiciones de presentarse unida a las elecciones. En esas circunstancias el golpe de los militares de Mubarak ocurrió no tanto en contra del gobierno de Mursi, sino por la incapacidad de la oposición para unirse en torno a un objetivo común.

Hoy Egipto está al borde de una guerra civil. Mursi, desde su prisión, aparece no sólo como líder mártir sino, además, dotado de una legitimidad que nunca gozó como presidente. En otras palabras, Mursi ha recibido como regalo de la soldadesca el sustento político, social e incluso moral que antes no tenía. Y si hay elecciones, como los militares prometieron (siempre lo prometen), el vencedor será nuevamente Mursi.

Los grandes ganadores del golpe han sido los hermanos musulmanes.

Para los latinoamericanos, acostumbrados a vivir bajo golpes, no debería haber sorpresa. Por eso extraña que aparezcan comentaristas dispuestos a suscribir, aunque sea de modo indirecto, la horrorosa frase de Pinochet: “La democracia debe ser lavada cada cierto tiempo con sangre”.

Como en Egipto, la gran mayoría de los golpes de Estado ocurridos en Latinoamérica no sólo no han derrotado a quienes intentaron derrotar sino, todo lo contrario, les han dado nueva vida.

No es casualidad, para volver al caso chileno, que Chile sea uno de los pocos países democráticos en donde los comunistas están organizados en un partido que merezca ese nombre. Sitial que hoy ocupan debido al hecho de que, sobre todo para sectores juveniles, el comunista fue el partido-mártir de la dictadura. De ahí que votar por los comunistas es para ellos protestar en contra de un abominable pasado.

Lo mismo se puede decir del caso uruguayo. ¿Cuántos no votaron por Mujica no pese sino gracias a que fue un tupamaro, es decir, como venganza frente al pasado militar? ¿No fue también el pasado de la ex-guerrillera Rousseff un punto a favor y no en contra de ella? Y en Argentina, ¿cuántos ex-montoneros ocuparon altos puestos durante los gobiernos de Menem y de los Kirchner, gracias al martirologio a que los sometió Videla? Pero no vayamos tan lejos en el tiempo. Pensemos en Honduras. ¿No fue debido a la torpeza de desalojar por medios militares a Mel Zelaya la razón por la cual el zelayismo volverá, representado por Xiomara Castro, esposa del demagogo latifundista? O en Paraguay ¿No significó la imbecilidad que llevó a la destitución del prolífico ex obispo Lugo la razón por la cual la autocracia venezolana aparece hoy presidiendo los destinos de Mercosur, mientras Paraguay quedó afuera? En fin, cada golpe militar en cualquier lugar del mundo porta el signo de su fracaso. Ni aquí ni en la quebrada del ají los militares son representantes de las libertades públicas. No saberlo después de tantos ejemplos, es simple necedad.

El golpe militar de Egipto ha dado incluso pábulo para que determinados medios hayan creído llegada la hora de reivindicar “la función histórica” de dictadores como Pinochet. No puedo sino compartir en ese sentido la indignación del destacado analista Andrés Oppenheimer cuando leyó en la Editorial de The Wall Street Journal del 4 de Julio, el siguiente párrafo “Los egipcios serán afortunados si sus nuevos generales gobernantes siguieran el ejemplo del chileno Augusto Pinochet, quien asumió el poder en medio del caos, pero reclutó a reformistas partidarios del libre mercado y generó una transición hacia la democracia”.

No es primera vez que leo ese tipo de homenajes. Dejando de lado la mentira de que Pinochet preparó la transición a la democracia, no hay nada que compruebe que el desarrollo económico ocurre gracias a la existencia de dictaduras. Por el contrario: hubo y hay países latinoamericanos que pueden mostrar tan buenos, o aún mejores números que Chile, sin haber pasado por el infierno de una dictadura.

Ni en México ni en Colombia hubo dictadura. El desarrollo económico experimentado por Brasil sucedió bajo los gobiernos democráticos de Cardoso y de Lula. Y en Perú no ocurrió como consecuencia del momento antidemocrático de Fujimori. Pero si aún la mentira que alaba a la dictadura como motor del desarrollo fuera cierta, habría también que alabar a Hitler, pues terminó con la desocupación laboral, reindustrializó la nación y triplicó los salarios. No sé si los actuales defensores de golpes llegarán a tanto. Pienso que si no lo hacen es porque, escondidos detrás de los fusiles son, además de necios, cobardes.

La profesión de los militares es muy digna. Pero su misión es solo resguardar la soberanía nacional. En política no tienen nada que hacer. Esa y no otra es la cien veces repetida lección que nos deja el caso egipcio. Quizás alguna vez será aprendida.

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