Hollande: una lección de Revolución para los Revolucionarios de papel en Venezuela

Una de las dificultades centrales de la acción política vista en sentido amplio, de gobernantes y gobernados, se centra en la comunicación y sus poderes -como decía Jürgen Habermas-, de distorsionar la realidad, o de actuar en sentido racional sobre ella, dos modos de uso encontrados que tienen como sabemos sus consecuencias, y dividen los campos entre el abuso de poder y el ejercicio de las libertades. En este orden de ideas, para los que no entendían la expresión “SOCIOLISTO”  que he venido usando, y su carga semántica, para lo que medio en chiste les exponía desde hace tiempo sobre las paradojas y manipulaciones que se escondían en el discurso político de la actual Venezuela, desnudar al impostor es una labor fundamental de los cambios de actitud, al menos cuando la dialéctica se convierte en un enfrentamiento que cierra toda posibilidad a los consensos con el perdón de Rawls.  Esta especie de políticos del siglo XXI, de SOCIOLISTOS  que exigen sacrificios a un pueblo que por decreto y manipulación se ha convertido en socialista de la noche a la mañana; y hablan de enfrentar a imperios imaginarios que acecha a la República con los bolsillos llenos de dinero y la moral guardada en el fondo de un closet deben ser combatidos con convicción y con perseverancia como lo ha hecho Hollande en Francia desafiando las lógicas de la desilusión política o de su inercia, dos males altamente corrosivos para la sociedad.

El establecimiento de la diferencia, es una operación central a la hora de definir las disputas por la verdad, es arma central para discernir entre un SOCIOLISTO y un socialista, vale decir, entre aquel que a través de un discurso socialista e incendiario de café y de salón de Asamblea Nacional que recuerda a las reuniones de The Farmer de Orwell con sus ovejas acallando a gritos cualquier oposición o desacuerdo, se abroga para si la visión progresista de un país, y el que desde su cada vez más precaria situación económica y moral se refugia en la creencia en líderes mesiánicos que les redimirán de sus complejos y carencias, y en el séquito de “felicitadores” que acompañan al líder de turno en su delirios de poder – que como es observable, al menos para quién sabe observar, desde sus cargos públicos amasan sus fortunas a la sombra del presupuesto nacional-. Miseria de la política diría un genuino lector de Marx para quién este enriquecimiento de la nueva clase sería ya de por sí una traición a los ideales del cambio que propugna el movimiento dialéctico tan poco comprendido por estos marxista de papel del siglo XXI.

Cuando hablaba de SOCIOLISTOS, no hubo en ningún momento repito, alguien que tomara en serio lo que la broma denunciaba. Ahora viene Hollande en Francia,  y hace todo esto posible, es decir, criticar y actuar decididamente desde arriba, desde el poder a lo que el mismo poder ha engendrado, una clase parasitaria y poco eficiente que habla más en vez de hacer como en nuestro país. Hollande ha iniciado una reforma de restricción y reducción del gasto público y asombrosamente  las cargas, sobre todo para quiénes han perdido la fe en la política y su acción racionalizadora, no se aplican de los servicios destinados a los ciudadanos ni a los ciudadanos mismos, que es como tradicionalmente entienden socialistas y capitalistas neoliberales las reformas, sino y como debe ser, de lo que la burocracia significa con sus pesadas y tradicionales costumbres de despilfarro y exhibición material. Estas medidas espantarían a nuestros diputados de oficio, a jueces, funcionarios de Petróleos de Venezuela, del SENIAT, de CADIVI, y otras faunas de la burocracia. Hollande ha dado el ejemplo de lo que es reducir el gasto público cuando una crisis se anuncia sobe un país. Ojalá los políticos de oficio y dentro de ellos los emergentes sociolistos hiciesen en Venezuela un paso al lado a lo que la cultura política les ha acostumbrado, y cambiasen el curso de una historia que no tiene en ellos el mejor ejemplo de coherencia entre discurso y praxis. Ojalá nosotros los gobernados entendiésemos que las exigencias no sólo vienen de arriba hacia abajo sino que se puede torcer la ecuación del poder y tomar como decía Michel de Certeau la palabra como un instrumento para el cambio, y exigir responsabilidades públicas y acciones concretas a quiénes nos gobiernan, entre ellas la de la incoherencia en medio de un país socialista de los sueldos de funcionarios públicos y de obreros.De una acción del Estado tras la que se esconden actores reales.

En su momento decía, es inmoral -y esto en contra del discurso del moralismo oficialista-, que se hable en nombre del pueblo, y de una construcción nacional de cara a un futuro que tiene ya catorce años sin llegar, de gente que espera a Godot o de ciudadanos que no tiene quién les escriba. Si un funcionario devenga cerca de 20 sueldos de obreros socialistas en donde queda lugar para instalar la moral que es también una fuerza de la cultura. Esto para aquellos que practican el “santo tomasismo” de verificar con un dedo lo real, es fácil de comprobar al revisar las nóminas del funcionariado público, de ministros, diputados, jueces y militares.

Por otro lado, los funcionarios colocados en las más altas jerarquías del poder dentro del Estado atacan a los individuos comunes, y restringen a través de instancias engorrosas y lentas -que causarían el asombro a un reformista español de fines del siglo XVIII empeñado en meter en cintura a los estamentos de poder-, las libres iniciativas al mercado y a circulación libre de las ideas (un espacio que pese a las amenazas, aún no ha sido tomado por el gobierno y que se corresponde con las universidades autónomas o con quiénes hacen del oficio de escribir una labor de anticuerpo crítico). El miedo, el temor poco a poco se va internalizando consolidando el discurso distorsionador de esas burocracias que desde su posición de poder exigen sacrificios que ellos no están dispuestos a hacer. Una consulta nacional sobre la reducción de lo que cuestan sus cargos no vendría mal.

La operación discursiva del miedo, ha empezado a rendir sus frutos en la cotidianidad en donde algunos por temor no hablan, y los más se autocensuran huyendo de la realidad concreta del día a día, de su experiencia en la cotidianidad de un país en el que la atmósfera del desencanto es el peor enemigo.  A través de una ya común operación totalitaria de construir imágenes “demonizadas” del enemigo externo y sobre todo interno que es como definen a todo aquel que se le opone, mediante la adscripción de adjetivos calificativos tales como traidores a la Patria, piti-yanquis (una frase tomada por cierto de Mario Briceño-Iragorry); cachorros imperiales, burgueses etc; estos políticos de oficio que se llaman camaradas, que se familiarizan con un significante vacío de solidaridad, han creado un sistema clasificatorio en el que se esconde la nueva exclusión de la clase media y de sus ya reconocidos poderes creativos dentro de los marcos sociales. Una ignorancia que ya empieza a cosechar sus frutos en las nuevas universidades creadas para impulsar una ilusión de profesionalización masiva que olvida la calidad y las exigencias que debe atender una reforma educativa tan necesaria en estos momentos de pérdida del sentido.

El paisaje político exige entonces que los grupos de presión y los intelectuales se tomen en serio su oficio y actúen. Esto es garantía de libertad, pese al duro precio que se ha de pagar por la resistencia y combate cultural a un totalitarismo reptante que tiene en el reflejo pauloviano de la compra de votos su mayor logro, y en la supresión de la imagen de lo real aquejado por las carestías su principal fuerza de acción y coacción. Los poderes de la palabra acompañado de acciones inéditas no pueden restringirse a concentraciones en las que se edifican muros de lamentos, hacen falta acciones nuevas como las de Hollande y exigirle a los políticos de oficio que al menos sean coherentes con lo que dicen y hacen y que las imposturas ya no son creíbles en medio de los escenarios de crisis que se avecinan. El ejemplo de Hollande y su recepción en medio de una sociedad que exige cambios es un debate sobre el que hay que entablar las nuevas luchas que se avecinan contra los privilegios de la clase gobernante, de esos espectrales sociolistos de oficio.

 

Prof. Luis Manuel Cuevas Quintero, en México febrero de 2013

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