La crónica menor: Maquiavelo

Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo

 

En el imaginario colectivo tiene mal predicamento la palabra maquiavélico. Es la doctrina política que pone en primer lugar la preeminencia de la razón de Estado sobre cualquier otra de carácter moral. De allí, que haga referencia a la astucia y al engaño, válidos para conseguir el objetivo político. Pues bien, sus obras principales, El Príncipe y los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, salieron a la luz pública en 1513. Es decir, hace quinientos años, este agudo pensador y estadista, sienta las bases del absolutismo moderno, superando la doctrina medieval del constitucionalismo feudal y las ciudades-estado libres.

Bien vale la pena releer estas obras a la luz del tiempo. Nicolás Maquiavelo escribe en el siglo XVI, buscando dar respuesta adecuada a la naciente modernidad, teniendo como telón de fondo la Italia dividida en varios reinos. Era una sociedad intelectualmente brillante y artísticamente creadora, más emancipada que cualquiera otra de Europa, y presa sin embargo, de la peor corrupción política y la más baja degradación moral. Maquiavelo es el teórico político del hombre si amo, de una sociedad en la que el individuo se encuentra solo, sin más motivos ni intereses que los proporcionados por su propio egoísmo.

Para ejercer el poder y mantenerlo, Maquiavelo postula la indiferencia en el uso de medios inmorales para fines políticos y la creencia en que el gobierno se base en gran parte en la fuerza y la astucia. Por supuesto, para él, la política es un fin en sí misma. Describe la mecánica del gobierno, los medios con los que se puede fortalecer el estado, las políticas susceptibles para para aumentar su poder y los errores que llevan a su decadencia o ruina. Por ello, no extraña que Napoleón tuviera a Maquiavelo como libro de cabecera y le pusiera glosas a sus máximas.

Aconseja a los príncipes que deben ser amados y temidos simultáneamente y aclara que es preferible ser temido que amado. El pueblo puede que se olvide del amor, pero el temor siempre lo perseguirá. En consecuencia, si un soberano es temido hay menos posibilidades de que sea destronado. Para evitar ser odiado el príncipe nunca debe interferir con los bienes de sus súbditos ni con sus esposas, ya que argumenta que un subordinado olvida más rápido la muerte de su padre que la pérdida de sus riquezas.

En los tiempos que corren los gobiernos de corte totalitario siguen al pie de la letra sus enseñanzas, olvidando que en la modernidad, la división y autonomía de poderes, es la balanza para evitar el abuso del poder. Sin estos contrapesos es imposible que exista la equidad así los cantos de sirena de amor a los pobres sea el anzuelo para atraer a las masas.

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