Defender el poder regional

Pompeyo Márquez

 

Una de las conquistas políticas más importantes durante el periodo 1958-98 fue la creación de los poderes regionales, locales y parroquiales elegidos directamente por los respectivos ciudadanos. Anteriormente el Presidente de la República nombraba los gobernadores, era práctica de los gobiernos dictatoriales y centralistas. Las comunidades comenzaron a ver de cerca a sus gobernantes. Ahora el autócrata impone los candidatos, y aspira ganar elecciones con la utilización de todos los recursos del poder.

Esto es una involución histórica ante la cual tenemos que erguirnos, como lo han dicho Antonio Ledezma y Henrique Capriles. Uno, al afirmar que se quiere destruir la descentralización. Otro, que quieren llegar los oficialistas a Miranda no para construir sino para destruir. Es la utilización del ventajismo más obsceno del autócrata que se cree dueño del país y que quiere mandatarios sumisos. Él lo que designa como candidato  es su delegado que haga las cosas como él ordena porque en su mentalidad militarista lo que priva es la subordinación a la voz de mando. Anula las iniciativas regionales y locales, ahoga las potencialidades de las regiones, como se puede comprobar en los estados gobernados por oficialistas.

Esta confrontación del 16 de diciembre hay que enfrentarla con denuedo y coraje. Debemos impedir que se liquide esta conquista y, lo que es más grave, que la autocracia se implante en Venezuela desconociendo a la mitad de los venezolanos que sufragaron por un opción diferente representada por Capriles y su mensaje descentralizador. Somos una fuerza, 45 por ciento del electorado, la mitad del país. El autócrata debe hacer una lectura más fiel de los resultados. Hay que hacer valer esa fuerza, por eso defender el Poder Regional no es cualquier cosa.

En 1957, bajo aquella férrea dictadura militar, Venezuela perdió el miedo. El período 1953-57 los llamamos “años de rata”, no se movía ni una hoja contra el tirano. Y pudimos vencer con la unidad más amplia.

Un país con una centralización autocrática y que desconozca su otra mitad está condenado al fracaso. Para construir una nación descentralizada, plural, democrática y crear muros de contención, hasta derrotar a la arrogancia autocrática, tenemos un camino que tiene alzas y bajas, curvas y baches que deben ser superados con la unidad de todos los que nos oponemos a la autocracia militarista.

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