La crónica menor: La dimensión económica de la vida

Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo

 

Desde que los hombres viven en sociedad después del pecado original, sus transacciones han tenido siempre una dimensión económica. En el paraíso los economistas no eran necesarios, porque reinaba la abundancia y cada uno podía libremente proveer a sus necesidades. La ciencia económica nace como respuesta al problema de la escasez.

Lo característico del mundo contemporáneo, en el cual la riqueza no depende de la propiedad inmueble sino del trabajo inteligente del hombre, explica la importancia que ha adquirido el dinero como unidad de cambio y de ahorro. Lo primero en relación con la división del trabajo; lo segundo como expresión del trabajo acumulado. Los bienes muebles hoy tienen infinitamente mayor significación que los inmuebles, y gracias a la digitalización de las comunicaciones, estos bienes han adquirido una volatilidad que muchos dirigentes sociales, tanto públicos como privados, no terminan de comprender.

Toda pastoral tiene una dimensión económica. Sin embargo, ¿cuántos planes pastorales elaboran un presupuesto de su costo económico? Tradicionalmente la organización económica de la Iglesia estaba fundada en los bienes inmuebles, tanto en los de uso como en los de renta, porque su pastoral era territorial. Obispados y parroquias son territorios. Sus criterios de administración siguen cánones muy antiguos. Cada unidad se supone que es autosuficiente. Como el modelo económico es cuasi feudal, las conferencias episcopales no encuentran el modo de financiarse si no es pidiendo fondos al exterior, como hacen nuestros Estados nacionales. La deuda externa de la Iglesia latinoamericana es inmensa.

¿Por qué ocurre esto? Porque no se ha pensado un modelo de organización económica que responda a la eclesiología de comunión elaborada en el Concilio. Hay una verdad eclesiológica y cultural. Eclesiológica, la Iglesia es el Pueblo de Dios y su riqueza es la de sus miembros; y cultural, porque hoy lo que importa no son los terrenos ni los edificios, sino el tiempo, los talentos y el dinero de los fieles. En el antiguo modelo patrimonial, el obispo y el párroco beneficiario, gozaban de una gran autonomía en la administración de los bienes, porque percibían mayormente rentas. Luego pasaron a depender del Estado, pero cuando el lazo se cortó la Iglesia no supo reconocer la novedad de la situación y adecuarse a ella. Si hoy no tiene un sistema impositivo digno de ese nombre es porque su estructura jurídica cuasi feudal se lo impide. Por eso las viejas órdenes y congregaciones religiosas, que hacen votos de pobreza personal pero no colectiva y no se estructuran sobre bases territoriales, disponen de mayores recursos para sus planes pastorales que las viejas estructuras diocesanas. Lo mismo cabe decir de los nuevos movimientos eclesiales. Operan en la Iglesia con la agilidad de las empresas transnacionales en el mundo.

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