Por la calle real: La ciudad agredida

Fortunato González Cruz

 

En Mérida se desataron los demonios y vive una de sus etapas más críticas.  Es víctima de fuerzas negativas que la agreden, de una anarquía que está quebrando la convivencia ciudadana. Hay un clima de desbarajuste, deterioro y desconcierto que cohíbe  las iniciativas que surgen desde diversos sectores porque no funciona una cosa que inventamos los humanos para que se ocupara de ello: el Estado. Quienes elegimos para que gobiernen están en campaña o en cosa distinta que sea atender los asuntos públicos.

Mérida está asaltada por el mal gusto, el abuso de unos pocos, el saqueo de lo colectivo, víctima del desafuero que se apodera de manera impune: La plaza Bolívar, otrora lugar de homenaje al Libertador está tomada por los mercadillos del gobierno incluida la arepera socialista, símbolo inequívoco de la degradación de las instituciones públicas. Los espacios públicos ocupados por vendedores de cuanto se pueda ofertar ostentando algún permiso de la Alcaldía, o de la Gobernación, o del Consejo Comunal o de quien se crea con derecho de hacerse de algún poder fáctico capaz de romper el orden. Las aceras y las esquinas son comederos, las licorerías bares callejeros, calles y avenidas oscuras y ese aire de dejadez que lo impregna todo.  La actividad comercial poco a poco cede los espacios a las baratijas chinas que es un desaguadero de recursos y poco contribuyen al esfuerzo colectivo de creación de ciudadanía.

Circular en Mérida es un riesgo que implica enfrentar fanfarrones de todo pelaje, motos que culebrean entre los vehículos, gente que se salta los pares, ignora semáforos y provoca un estado de angustia en quienes se obstinan en el ejercicio de su civismo. La basura inunda calles y avenidas y pone al descubierto la debilidad de los valores que nos debieran dar coherencia como merideños. La prensa cae en la trampa del malandraje que la convierte en su exhibidor, y lo bueno apenas se asoma entre crímenes y muertos.

El debate político sufre la epidemia  y huele tan mal como la basura porque se degrada al insulto y la descalificación. En medio de todo surgen preocupaciones y la población busca remedios. Mis vecinos como muchos otros están asumiendo, a su modo, la recolección de sus basuras pero poco pueden hacer con las motos, los que se han apropiado de los espacios públicos parapetados tras un papel que ampara su avaricia, el mal estado de lo colectivo y el caos que se generaliza.

¡Los merideños debiéramos declararnos en emergencia cívica!

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