Carta a los patriotas exiliados

Una mañana de abril comprendí que el exilio se había instalado en mi casa. No tuvo piedad de la familia, como no la ha tenido con nadie a lo largo de la historia. Lo vi llegar con todas sus amenazas, sus resabios atávicos, sus alternancias y pretextos, sus avatares y soledades. Desde entonces, hemos estado viviendo con los ojos y los brazos abiertos, como tratando de contar una historia lacerante, que gracias a este libro comienza hoy a tocar el papel.

Desde ese día en que Manuel evadió a la muerte, desde cuando inició la marcha hacia el ancho mundo, tratando de burlar al poder siniestro que lo condenó y lo persigue sin culpa, mis hijos y yo nos hemos envuelto en una vorágine que no podemos evadir y de la que ya no podemos salir ilesos. El exilio en nuestra casa, por decisión del gobierno, se ha convertido en un huésped obligatorio e indeseable que de alguna manera nos ha cambiado a todos.

A lo largo de estos años, por los corredores de la casa, entre las habitaciones y los patios, he visto a mis hijos crecer y madurar pensando y hablando del inminente retorno de su padre. Se ha vuelto casi un lugar común escucharlos hablar de realidades ajenas a la patria. De territorios remotos. De fechas para la visita o el encuentro, como si se tratara de ir a ver a un preso. Muchas de sus reflexiones parecen recuerdos o ejercicios de la memoria que regresan mezclados con viejas emociones familiares y entonces comprendo que se trata del exilio interior que también padecen y que lo expresan en esa elaboración permanente de ausencia.

Ellos son los hijos del exilio. Un exilio heredado de una inquebrantable vocación de lucha, de voces que rebotan sobre un muro sin eco, sin razón y sin corazón. Al igual que ocurre en Manuel, en ellos y en mí, la palabra comprometida es la patria y la militancia es la memoria ceñida a la flama de la libertad creadora y el retorno a la tierra está en todos nuestros sobremesas como tema recurrente, específico y latente.

Desde esta condición de mujer, esposa y madre que Dios me ha otorgado, entiendo los mensajes permanentes de Manuel, como cantos de un peregrino. El saludo diario que compartimos por las mañanas, las tertulias de madrugada, la bendición a sus hijos, el mensaje a los amigos y compañeros, sus impresiones sobre la realidad de Venezuela, del Zulia, de Maracaibo, de su natal Santa Bárbara; son fruto de la semilla del exilio asumido como condición de vida. Porque todo esto lo ha conducido a vivir permanentemente en el vacío que media entre el lugar donde está y aquel al que realmente pertenece y siempre pertenecerá y que se niega a abandonar, impulsado siempre a buscar en ese espacio de la memoria vital, las raíces que alimentan sus pasiones, sus emociones y sus luchas.

Ha sido doloroso y edificante para todos en casa, el transitar por este mundo tangible y a la vez lejano que entraña el exilio. Nos ha separado de forma violenta y amenazante y nos ha obligado a andar labrando túneles, pasadizos, ventanales y grandes y poderosas puertas. Umbrales para entrar y salir. Aperturas para volar en medio de las soledades. Para caminar con los pasos firmes y la mirada limpia. Porque hemos aprendido de esto, que el exilio se caracteriza por la falta de formas. Porque nos ha incluido en un mundo ambiguo y resbaladizo. Difícil de atrapar desde fuera e imposible de abandonar desde dentro. Nos reprime e intenta paralizar por fuera, pero nos intensifica la vida entre recovecos y latitudes azules.

Por ello hoy he querido saludar la edición de esta obra que habla de los Peregrinos, de los perseguidos por amor a sus ideas, de los hombres valientes pero sin casa que recorren el mundo acosados por el miedo que les tienen los tiranos. De esta manera lo escribió Pablo Neruda; “Los exiliados no conocen casas. Sino puertas. Fronteras. Papeles que pierden validez. Pero en la soledad de sus vidas, la lluvia hará germinar sus semillas y en América el cielo es bajo y pesa demasiado”.

En Maracaibo, julio 2012.

Eveling Trejo de Rosales
Alcaldesa de Maracaibo estado Zulia

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