Bicentenario del terremoto de Mérida

Palabras de la homilía realizada por Monseñor Baltazar Porras

 

Hace doscientos años, tal día como hoy era Jueves Santo. La mañana había trascurrido placentera, con la canícula propia de estos días, lo que permitía desenvolverse con prontitud para participar en los oficios sagrados de la mañana. La eucaristía de ese día daba inicio al Triduo Pascual y recordaba el mandamiento del amor fraterno. Difícil vivirlo en aquellos días de turbación política por los movimientos de tropas desde Coro y Caracas hacia Barquisimeto. Concluida la misa mayor, se trasladó el Santísimo Sacramento al Monumento, para que los devotos se acercaran a orar en compañía de sus seres queridos.

La tarde continuaba con la misma rutina. Había que esperar las cuatro de la tarde para participar en la ceremonia llamada del Mandato, en la que el Obispo, revestido con los ornamentos pontificales y acompañado de los Canónigos del Cabildo Catedralicio y de los Párrocos de la ciudad, repetía el tradicional rito del lavatorio de los pies. La curiosidad se centraba en quienes eran los escogidos para ocupar el lugar de los atribulados discípulos. Generalmente se escogía a niños de las mejores familias, lo que ocasionaba las pugnas y envidias entre los orgullosos padres que querían que uno de sus hijos menores estuviera entre los designados.

Concluida la ceremonia, el obispo y su séquito se retiraron de la iglesia de San Francisco a su casa de habitación, cercana a la misma en las proximidades del barranco del Albarregas. Era ésta la residencia oficial del obispo, quien desde el año anterior se había mudado a Ejido para estar lejos de los rumores y rencillas que ocasionaba la nueva situación política por la inclinación monárquica del Prelado, quien, sin embargo, gozaba de alta estima entre la población.
No debía ser del todo agradable para el Obispo Hernández Milanés estar en la ciudad de Mérida. Su estado de ánimo había trascendido a la población, y fue Don Blas Ignacio Dávila quien se atrevió a escribirle: “Muy venerado Señor: se corre en esta Parroquia que Vuestra Señoría Ilustrísima se quiere marchar para Maracaibo. Yo no soy capaz de hacer crítica de que sea cierto o no lo que se dice, ni si Vuestra Señoría Ilustrísima tiene justos motivos para su retirada… Puedo asegurar a Vuestra Merced que apenas habrá en todo el Obispado pueblo que le ame más que Mérida y su Jurisdicción, ni quienes vivan con más ansia de que Vuestra Señoría Ilustrísima esté gustoso y contento, principalmente mis parroquianos… No digo que no falte en Mérida uno u otro sujeto que le quiera mal, que aun lo dudo, pero de tales personas no hemos de hacer caso, cuando tenemos a favor de Vuestra Señoría Ilustrísima todo el pueblo, que por defender su vida derramaríamos gustos nuestra sangre…”
Con estas cavilaciones en mente, después de la cansina ceremonia, subió al piso superior de la casa a despojarse de los arreos episcopales en compañía de los Párrocos del Sagrario y El Llano y tres seminaristas. Era poco menos de las cinco de la tarde. De pronto se estremeció la tierra y bajo el techo de la residencia episcopal quedó sepultada toda la comitiva. Según el testimonio de uno de los curas sobrevivientes, los muertos fueron cuatrocientos. En una nota marginal del libro de Bautismos de Milla, a tres días del terremoto, se lee: “…en que se arruinó la ciudad sin quedar templo alguno y de perecer muchísima gente”. Y en el libro de Defunciones de Tabay, encontramos una partida de un entierro colectivo a causa del terremoto: “dos hombres, once mujeres, ocho niñas y dos niños”.
El terremoto del 26 de marzo de 1812, nos evoca a través de las narraciones anteriores, la vulnerabilidad, la fragilidad de la vida humana ante las catástrofes naturales, a lo que se aúna el ingrediente de la intervención de los vivientes: construcciones frágiles, viviendas inadecuadas por sus materiales o ubicación; en fin, nos topamos con el componente humano que hace más frágil o resistente, la eventualidad de cualquier género. Es oportuno recordar la parábola del Evangelio: el que edifica sobre roca puede estar tranquilo porque ni la lluvia ni los torrentes la pueden arrasar. Mientras quien construye sobre arena es un insensato, incapaz de recibir ningún embate.
A la significación del evento telúrico de hace dos siglos, hay que sumarle el ingrediente político. El proceso independentista fue difícil y complejo. Sus autores no tuvieron el suficiente coraje para asumir la libertad y la igualdad con todas sus consecuencias. La discriminación de las mayorías, llámense pardos, mestizos, indios o negros, hizo que quedaran excluidos de las supuestas bondades del nuevo régimen. Ello debilitó el entusiasmo por la causa independentista, situación aprovechada por los que querían conservar el antiguo régimen. Mérida, además, se había erguido altanera ante Maracaibo, erigiéndose a sí misma en provincia autónoma de la ciudad lacustre; y se había levantado ante Caracas, proclamando la condición de universidad que le había sido negada por los intereses caraqueños y santafereños.
Vinieron tiempos peores después del terremoto. Mayor fue el sismo provocado por los intereses mezquinos, las exclusiones que despertaron odios atávicos y nos deslizaron por el despeñadero de una guerra excesivamente cruenta, cruel y larga. El Archivo Arquidiocesano conserva preciosos legados que dan cuenta de la tenacidad de los hijos de estas montañas por defender su patrimonio: la diócesis, la universidad, el Seminario, la libertad; y por el tesón puesto en la reconstrucción de la ciudad, a pesar de las escenas fantasmales de sus ruinas.
A doscientos años, nos queda un enorme desafío y una ineludible tarea: reconstruir para el futuro las potencialidades, las capacidades de la racionalidad y la inteligencia de esta ciudad universitaria; y de arrancar a la fuerzas de lo espiritual, el sentido de la fe que mueve montañas. Parecieran proféticas las cavilaciones de Don Blas Ignacio Dávila, cuando le dijo a Milanés los males que se seguirían, si él se ausentara de su sede. La muerte inesperada por el temblor de tierra, lo arrebató de entre nosotros, y el primer efecto fue que se dispersaron las ovejas y vino la división y la guerra. Aquí no hubo, como en Caracas, las manifestaciones de que se trataba de un castigo de Dios. ¿Cómo iba a serlo, si al primero que se llevó por delante fue al polémico Obispo Hernández Milanés? La mayoría de sus curas pudieron más que la tozudez de los Canónigos Irastorza y Mas y Rubí que quisieron blandir la bandera de la furia divina por apartarse del sendero de la monarquía. Los eventos naturales, sus consecuencias sociales, más que una fatalidad, tienen que ser para nosotros una oportunidad para crecer en calidad de vida, y de vida plena para todos los merideños.
La Universidad y la Iglesia, el ayuntamiento y los gremios, han jugado un papel protagónico, antes y ahora, en la búsqueda del bien y el progreso material y espiritual de las gentes que habitamos estas tierras. Sea ello un estímulo para no caer en el desaliento. La investigación tiene que seguir siendo el mejor aporte que nuestra Universidad puede dar al caudal de la ciencia para servicio del hombre concreto. La Iglesia también ha jugado su rol, aportando un granito de arena con la labor de Caritas en la educación para la prevención de riesgos y en el fomento de una cultura de la solidaridad. Tenemos la obligación de superar el que las instituciones fundamentales de una sociedad estén de espaldas, unas a otras. El bien del pueblo está por encima de cualquier postulado político. La solidaridad y la cooperación son claves para el éxito global y compartido de la superación de los males que nos aquejan.
En la reciente Carta Pastoral del Episcopado Venezolano sobre los terremotos de 1812, leemos: “como ciudadanos y como creyentes tenemos la obligación de plantearnos hoy algunas preguntas comprometedoras: ¿Qué lecciones nos deja lo sucedido hace doscientos años para el presente y el futuro de nuestro país? ¿Cómo situarnos preventivamente ante las eventualidades de una catástrofe socio natural? ¿Qué interés existe en la sociedad venezolana por los acontecimientos históricos, en función de hacer más humana la convivencia social? ¿Qué valor tiene hoy día en el plano socio-político el lenguaje mítico religioso? Ante los proyectos sociales globales, cabe preguntarse por la necesidad de crear consensos, respetar a los otros, tener la paciencia de no imponer sino convencer y convencernos de buscar lo mejor para todos, sin exclusión ni forma alguna de marginamiento. Tenemos un a país que debemos seguir construyendo, no ya con la armas, sino con los valores de la paz, la libertad, la convivencia social, el trabajo digno, la justicia y la equidad. Muchos de estos aspectos los debemos conquistar desde la visión de un desarrollo humano integral donde se preserve y promueva la dignidad humana. Esto sólo lo podemos lograr en una democracia real auténticamente participativa, con división y autonomía de poderes con instituciones eficientes y con una sociedad civil que venga las calamidades de la división, la intolerancia y el odio”.
En el marco de una conmemoración como la que nos congrega en torno a este templo emblemático que es la catedral emeritense, tenemos un compromiso. Como el rey Ajaz no tentemos al Señor. La señal divina se nos da en lo cotidiano de la vida, donde podemos tejer los lazos de la fraternidad y la ayuda mutua. Como en la carta a los Hebreos, no le agradan al Señor los holocaustos y sacrificios, sino el que seamos capaces de cumplir la voluntad de Dios: darnos por entero al servicio de nuestros hermanos.
Esta tarde, a las cuatro de la tarde, resonarán todas las campanas de los pueblos merideños, para recordarnos la tarea que tenemos en procurarnos una cultura de prevención y solidaridad. Toquemos también las campanas de nuestra inteligencia y voluntad para pedir al Altísimo que nos conceda la gracia de tener el coraje y la valentía de ser siervos buenos y fieles, dispuestos a dar lo mejor de cada uno de nosotros por la construcción de la paz, de la calidad de vida, de la fraternidad que nos abra el camino a la sonrisa, a la esperanza. Que María Santísima nuestra Madre Inmaculada, nos acompañe y nos cubra con su manto. Así sea.
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