1812-2012…Doscientos años de vulnerabilidad sísmica: palabras de Monseñor Baltazar Porras en la UCV

Auditorio de la Facultad de Ingeniería de la UCV

22 de marzo 2012

 

La historia del Bicentenario del Terremoto y la participación de la Iglesia

 

+Baltazar Enrique Porras Cardozo

Arzobispo de Mérida – Presidente de Caritas

 

Al agradecer la invitación a participar en este foro, en el que me siento honrado por compartir este estrado en medio de autoridades notables en la materia, me une el haber leído algunos de sus trabajos, teniendo ahora la dicha de poder conocerlos personalmente.

Mi afición por este tema tiene muchos vectores. Uno de ellos, el estar escribiendo la biografía del Obispo Santiago Hernández Milanés, una de las víctimas del terremoto del 26 de marzo. Otro, la riqueza documental que sobre la materia se encuentra en el Archivo Arquidiocesano de Mérida. Estos materiales están en vías de publicación y saldrán pronto a la luz pública en el Boletín del Archivo Arquidiocesano de Mérida correspondiente al primer semestre del 2012. En tercer lugar, porque estoy convencido de que la relectura de la historia venezolana de tiempos de la Independencia, se ha enriquecido notablemente, superando la épica y la retórica, tratando de reconstruir un pasado que está signado por la emoción y la heroicidad, pero lejano a lo que en realidad sucedió.

Además, y refiriéndome al tema concreto que se me pide, siento que uno de los temas que requiere una lectura más interdisciplinar, es desentrañar que se entiende por Iglesia y su participación en el proceso emancipador. Por último, creo que la historiografía venezolana adolece de llamar venezolano a lo caraqueño, desconociendo o no tomando en cuenta suficientemente que lo que llamamos Venezuela hoy, no se asemeja sino pálidamente al mosaico de provincias y culturas que intentaban crear una identidad común.

Trataré someramente de disertar sobre la Iglesia en Venezuela a comienzos del siglo XIX; el lenguaje religioso, mejor el lenguaje político-religioso de la época. Premodernidad y modernidad ante las catástrofes. Y, el pensamiento actual de la Iglesia ante la vulnerabilidad de la vida.

La Iglesia y el terremoto del 26 de marzo

Como señala la reciente Declaración del Episcopado Venezolano sobre los terremotos de 1812, la escena que está grabada en la mente de todos los venezolanos relativa a la eventualidad del 26 de marzo de 1812, es la figura del para entonces hombre de segunda línea, Simón Bolívar, nimbado con la aureola profética de asomarse como el salvador de aquella catástrofe. Lucharemos contra el enemigo que nos ha sometido durante tres siglos, y si es necesario, también contra la naturaleza si se opone, para que nos obedezca. Junto a esta arrogancia catalogada de blasfemia por José Domingo Díaz, emerge la otra figura: un fraile dominico, del convento aledaño de la esquina de San Jacinto, desencajado por el miedo, vociferando que lo ocurrido era una clara señal del castigo que el creador infligía a la aturdida población por las veleidades que lo llevaron a apartarse del buen camino; es decir, de la obediencia al soberano. Esta postura, secundada por otros clérigos, se ha considerado como la postura de la Iglesia.

La base del poder

Es bueno recordar que en el pensamiento de la época, el poder venía de Dios. Por tanto, quien lo ejerciera, contaba con la anuencia divina, lo que le daba legitimidad a todos sus actos. Esta teoría, tuvo su concreción en el patronato regio que les confería a los monarcas un control sobre la institución eclesiástica, piedra fundamental del equilibrio de poder ejercido en la América hispana.

El siglo XVIII había llevado a su máxima expresión dicho poder real, con el absolutismo que llevó a los borbones de ambas laderas de los Pirineos, a considerarse vicarios de Dios, por encima del poder de los Papas, quienes debían quedar sometidos a la voluntad real. Eso dio pie al galicanismo y a los abusos en esta materia, del que dieron buena cuenta Carlos III y Carlos IV. Para amarrar mejor, mentes y voluntades, todo el que recibía el placet real para ostentar un cargo eclesiástico, debía hacer un juramento de fidelidad al rey que obligaba en conciencia y para toda la vida.

Todo lo bueno que sucedía en los reinos y sus colonias, debían ser considerados por los súbditos como premios de lo alto por el buen hacer de los monarcas, a lo cual el vasallaje no debía sino dar gracias a Dios y al Rey. Así lo expresan las convocatorias de las autoridades para celebrar el nacimiento del heredero de la corona, el matrimonio del monarca o los triunfos en las guerras, a lo cual debían doblegarse todos, en pomposas ceremonias que tenían a los templos por tribuna.

De igual manera, las desgracias, las pérdidas de batallas, la invasión napoleónica o la muerte de algún miembro de la familia real, era equiparable a un castigo divino, que dejaba absuelto de culpa al desdichado monarca;pero ponía en evidencia que existían pecados públicos u ocultos de los súbditos que debían subsanarse con penitencias, oraciones, colectas o la prestación de la propia vida, siempre menos importante que la de los ungidos por la sangre real. Cuando fallece Isabel de Braganza, consorte lusitana del rey Fernando VII, Lasso de la Vega equipara aquella muerte a la exaltación de la gloria y la santidad, por llevar el nombre de la reina católica y de la santa del mismo nombre de la casa real portuguesa.

Lenguaje civil y eclesiástico

No se trata exclusivamente del lenguaje de los clérigos. Era el lenguaje político de entonces. Y como el poder siempre trata de evadir las responsabilidades ante los fracasos, había que buscar un culpable, que no podía ser otro, que el pueblo llano. 1812, fue un año aciago. Los desaciertos del gobierno de los criollos mantuanos, unidos a la exclusión del protagonismo de quienes no pertenecieran a los estamentos de los blancos principales, y el desastre de la economía por razones internas y externas, hacía presumir que difícilmente se podría mantener en el poder aquella república aérea. La naturaleza vino en ayuda de los noveles gobernantes para justificar lo que se veía inevitable: la caída de la primera república.

Con cierto simplismo, se responsabiliza a la Iglesia de ser uno de los factores determinantes de dicho fracaso. Es bueno recordar que entre los miembros que conformaron las juntas y diputaciones, en los años 1810 y 1811, había un buen número de clérigos y de antiguos seminaristas del Santa Rosa de Caracas o del San Buenaventura de Mérida. No podía ser de otra manera, pues el rampante analfabetismo de las mayorías, hacía que en las filas eclesiásticas se encontraran los amanuenses y secretarios que requería el nuevo orden. Ellos pensaban y actuaron de otra forma. Su inclinación por la causa autonómica, no se sustentaba exclusivamente en argumentos liberales, sino más bien en el pensamiento heredado de los jesuitas, en particular de Francisco Suárez, quien afirmaba en pleno siglo XVII que el poder residía en el pueblo y no en el monarca. He aquí una de las razones que determinaron que Carlos III expulsara de los reinos de España a la Compañía de Jesús.

El comportamiento de los nuevos patriotas, tenía sus raíces en los ideólogos de la Ilustración, pero también en el pensamiento jesuítico. Además, como es más fácil y rápido cambiar de sistema político que de mentalidad, su conducta fue ambigua. No podía ser de otra manera. Proclamaban la libertad y la igualdad, pero restringiéndola a la mejor usanza monárquica, a unos pocos. Proscribían como nefasto el contubernio entre la Iglesia y la monarquía, pero serán los primeros que exigieran a las autoridades eclesiásticas, que celebraran tedeum y oraciones gratulatorias por la nueva realidad política.

Y, por supuesto, al llegar al poder, vieron que debían tener como aliada a la Iglesia, pues de lo contrario, la situación se les tornaba más complicada, así se llamaran liberales, librepensadores y hasta anticlericales. Coll y Prat que intentó navegar en ambas aguas sin hundirse, acabó enredado en el torbellino de los acontecimientos, y fue detestado por monárquicos y revolucionarios, terminando en el exilio de su sede, esperando le fuera devuelto el favor real para tener mitra en la Península. Más comedido y ajustado a la realidad fue la actitud de Hernández Milanés, quien juró la Constitución del 11, a pesar de sus naturales reticencias; para ello, consultó a lo más granado de su clero para hacerlo. Los argumentos teóricos de todos ellos, menos los del canónigo Irastorza, tuvieron como base la cercanía del pensar del pueblo al que se debía el ejercicio de su autoridad, postulados de claras raíces suarecianas.

El propio Bolívar, en el Manifiesto de Cartagena (15-12-1812), quien fue duro en sus juicios sobre “la influencia eclesiástica” en la caída de la república, es certero cuando afirma: “sin embargo, debemos confesar ingenuamente que estos traidores sacerdotes se animaban a cometer los execrables crímenes de que justamente se les acusa porque la impunidad de los delitos era absoluta”. Y, entre las causas señaladas por el caraqueño que produjeron la caída de Venezuela no aparece sino en último lugar, “el terremoto acompañado del fanatismo”, lo cual puede entenderse de muy diversas maneras.

Una tesis doctoral defendida hace poco en Mérida y que será publicada próximamente desarrolla el tema de la vida cotidiana en la Diócesis de Mérida de Maracaibo durante los episcopados de Hernández Milanés y Lasso de la Vega. Allí se constata que la postura de los clérigos por una u otra causa, fue mayoritaria hacia el bando patriota. Las razones fundamentales: el origen étnico y económico de los clérigos y la proximidad a las necesidades de la gente, lo que los inclinó por el nuevo orden.

Concluyo de este apartado, afirmando que todavía hace falta profundizar más en un análisis transversal, multidisciplinario, en la perspectiva de la larga duración propuesta por FernandBraudel, para entender el complejo paso de la colonia a la república, y del trasvase de las categorías mentales, de un tiempo al otro. Ello nos lleva, necesariamente, a otear documentos y vestigios en todos los rincones del país.

Sensibilidad religiosa y catástrofes naturales

La palabra catástrofe, del griego katrastrophe, torción, cambio de rumbo, retorno, tiene en griego una connotación subterránea (kata) que se articula con la idea de una vuelta inesperada o de arrojo, tal vez un doblez del destino. Cuando aparece la categoría filosófica de la memoria, estos hechos se vuelven pedagógicos. De lo contrario, se vuelven simple retorno a los inicios.

Los cronistas, desde Juan de Castellanos hasta los relatos del terremoto de 1812, muestran que el territorio de lo que es hoy es Venezuela fue visitado por diversos eventos catastróficos, que dejaron huella en la población. La inmediatez o coincidencia con alguna fecha del calendario litúrgico, avivaba los sentimientos religiosos de los habitantes. Al menos durante algunos años se celebraba el aniversario con rogativas y procesiones.

Las calamidades eran vistas como enviadas por Dios, por lo que su relación con el comportamiento individual y colectivo de la comunidad que los padecía era inevitable. Ello tenía estrecha relación con el pecado y la gracia, con el mal y su reparación. La religiosidad del barroco, íntimamente ligada a nuestra cultura, por lo que tiene de pasión, de dolor y vida, de vivencia profunda de la vida con sus carencias y posibilidades, impregnó la vida de nuestros ancestros y permanece hasta hoy.

Algunos autores han llamado terapia religiosa, a la costumbre de encomendarse a Dios, la Virgen o los santos, ante cualquier eventualidad de la vida diaria. Hace falta algún símbolo de amparo, indispensable ante cualquier tribulación. Esto parece formar parte de todas las culturas y de todos los tiempos. Mons. Críspulo Benítez Fontúrvel, margariteño y arzobispo de Barquisimeto contaba como cierta la anécdota de su amigo y paisano, Luis Beltrán Prieto Figueroa. En una de sus correrías políticas por el oriente, se trasladó con sus correligionarios en una pequeña embarcación desde Cumaná hasta Margarita. En el trayecto los agarró una tempestad que puso en jaque el temple de los tripulantes. En uno de esos bamboleos, el maestro Luis Beltrán exclamó: Virgen del Valle! A lo que uno de sus seguidores, extrañado, se quedó mirando atónito a su líder, y le dijo: ¡Maestro!. El viejo Prieto le ripostó enseguida: es que yo soy ateo terrestre.

Los actos religiosos en torno a estas calamidades naturales no hacían sino reforzar la creencia de que eran producidos por Dios, irritado por las maldades del hombre. A lo que había que responder con corazón contrito y esperanzado con una plegaria como ésta: “En tu piedad y en tu justicia creo; sé que todo lo puedes, gran Señor, has que cese al momento este temblor, no moviendo, Señor, ya más el dedo”.

La coincidencia de dos jueves santos a escasa distancia de dos años, el 19 de abril y el 26 de marzo, no podían generar sino simbiosis de que algo andaba mal en la conducta de los hombres. Cada quien trató de arrimar la brasa a su sardina. Lo cierto es, que después del cataclismo, todo fue peor. Los saqueos aumentaron, los odios se encendieron, y en ambos bandos, surgió como fuego inextinguible una violencia que llevó a las escenas que todos conocemos: muertes de inocentes y actos de sevicia inimaginables.

Surge aquí, el recuerdo del texto bíblico de Mateo que dice: “el que escucha mis palabras y las practica, lo compararé a un hombre sabio y prudente que edificó su casa sobre la roca. Cayó la lluvia a torrentes, sopló el viento huracanado contra su casa, pero la casa no se derrumbó, porque tenía los cimientos sobre roca. Pero el que oye estas palabras, y no las practica, lo compararé a un hombre insensato, que construyó su casa sobre la arena. Cayó la lluvia a torrentes, soplaron los vientos contra aquella casa, y ésta se derrumbó y grande fue su ruina” (Mateo, 7, 24-27). Sirva esta cita de eslabón entre el pasado y el presente.

La modernidad y lo religioso

La racionalidad como expresión de lo moderno ha recorrido un largo camino en los últimos siglos. Desde el optimismo absoluto del siglo XIX, pasando por la actitud doliente que se ha hecho sentir tanto en la segunda mitad del siglo XX, llegando a la actual recuperación con acento ético tanto del pensamiento filosófico como del pensamiento científico.

En el pensamiento católico ha tenido su momento cumbre en la afirmación del Concilio Vaticano II en la Constitución sobre el mundo moderno: la autonomía de la realidad terrena, entendida como la legítima exigencia de las cosas creadas y la sociedad misma de gozar de propias leyes y valores. Esta postura es la respuesta más complexiva al fenómeno de la crisis de lo religioso en un mundo que postula la centralidad de lo racional.

Uno de los rasgos más característicos de la sociedad actual es el riesgo, no sólo de los fenómenos naturales sino los provocados por el mismo proceso de modernización. Ante ellos, el hombre tiene que dar una respuesta coherente que le permita edificar sobre roca; es decir, que potencie las posibilidades de lo racional para superar los escollos que atentan contra la vida.

Ya no es posible recurrir al argumento de que estamos ante un castigo divino. En el terremoto de Guatemala de 1976, el Cardenal Casariego, arzobispo de Ciudad Guatemala, aludió a ese argumento. El rechazo fue general, incluido el estamento eclesiástico. El discurso de la Conferencia Episcopal fue otro: “Pensamos a la luz de la fe, que el terremoto fue una voz de nuestroPadre Dios, que descorrió el telón que cubría nuestra realidad y puso demanifiesto la dolorosa historia de nuestro pueblo: Una historia de seres laceradospor la injusticia, de hombres empequeñecidos por la opresión, de iglesiasvivas agrietadas por la desunión y el antitestimonio nuestro y de todoslos cristianos, enfermos espirituales aferrados al poder y empeñados en ladevastación, guatemaltecos en lucha fratricida, que ha manchado de sangrelos campos de la Patria y ha llenado de luto a tantos hogares.El sismo que golpeó a Guatemala, es como un símbolo de otrossismos silenciosos e invisibles, que desde tiempos inmemoriales han venidogolpeado a nuestro pueblo y cuyos autores han sido y somos los hombres”.

Se abre paso la justicia ecológica o ecojusticia, en la que se destaca la vinculación entre los problemas ecológicos y la justicia social. Siempre los más afectados y el mayor número de víctimas está entre los más pobres, llámense personas, regiones o países. Baste recordar el disímil impacto de los recientes terremotos en Haití y Chile.

El mundo de la prevención, el factor humano y político, exigen la consolidación de imaginarios que obliguen a la sociedad en general, y a la política en particular, a actuar de otra forma. Se nos antoja que es una materia pendiente de la sociedad venezolana, pues las formas gubernamentales como se actúa no están a la altura de las exigencias que con claridad meridiana plantea el mundo científico, y por qué no, la Iglesia contemporánea. Valga la experiencia que CARITAS desarrolla en este campo.

Conclusión

Los terremotos de marzo de 1812 deben ser para nosotros hoy, una evocación, mejor una provocación. Siguiendo a Paul Ricoeur debemos asumir que el olvido, sobre todo el olvido definitivo, es vivido como una amenaza: contra ese olvido hacemos memoria, para ralentizar su acción, incluso para mantenerlo a raya. La historia es, debe ser, remedio y no veneno.

Ante los riesgos y miedos, el ser humano necesita actuar con racionalidad y solidaridad. Pero la razón no es fría, entra en un mundo de vivencias y testimonios, requieren de una experiencia simbólica para comprender y hacer frente a los embates de la naturaleza, y allí, lo religioso, puede ser freno atávico pero también fuerza transformadora. Me apunto a este último aserto, porque hay razones que la razón no entiende.

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Un comentario en “1812-2012…Doscientos años de vulnerabilidad sísmica: palabras de Monseñor Baltazar Porras en la UCV

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